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UNP No.61
Título : Imaginémonos que...
Autor : Antanas Mockus
Sección: Ensayo
Fecha : Agosto 1 de 2004

Imaginémonos que...

La naturaleza del castigo carcelario y las relaciones fronterizas entre impunidad, delito y autorregulación social, constituyen las bases del discurso del filósofo Antanas Mockus, con ocasión de la entrega del Doctorado Honoris Causa de París 8.

Antanas Mockus*

Hace menos de un año, el gobierno colombiano presentó un proyecto de ley llamado de alternatividad penal para facilitar el proceso de paz con los paramilitares. Era claro que esta ley se aplicaría de la misma manera a todo grupo que estuviera por fuera de la ley y que se hubiese declarado, él mismo, por fuera de la Constitución colombiana. El proyecto se situaba claramente (y continúa situándose, porque con modificaciones, sigue su curso) en la frontera entre una generosidad probablemente indispensable y una prudencia atenta a no ser abusada. En el proyecto inicial estaba previsto en particular suspender totalmente las penas carcelarias. No más cárcel, ni siquiera para crímenes de lesa humanidad.

Este proyecto de ley apunta, por supuesto, a la insatisfacción suscitada por la respuesta penal (cárcel). Y bajo este aspecto le da nuevo vigor a una pregunta que me acompaña desde hace más de 10 años: ¿Cuál determinación es más fuerte: la de la ley, la de la reflexión moral personal o la de la base cultural? Esta pregunta se puede extender: si la respuesta, por ejemplo, es la ley, entonces también se puede hacer la pregunta: ¿qué es lo que más opera en ella? ¿el miedo a los castigos y por lo tanto a la cárcel? ¿o más bien la actitud comprensiva o incluso de admiración por el principio, los procedimientos y los efectos de la ley? Si se prefiere confiar en el mandato moral personal, ¿se considera entonces más bien que este actúa haciendo retroceder ante el sentimiento de culpa o más bien otorgando el sentido del deber y el placer de actuar conforme a la propia conciencia? Si uno desplaza el problema hacia el acuerdo cultural que uno o varios grupos comparten respecto a lo que es aceptable, ¿reconocemos como motivación la confianza o, más bien, el miedo a la exclusión? ¿Cuál es en el fondo nuestra tarea en el seno de estas tres formas de alteridad que dividen nuestro presente: no tener la misma ley, no tener la misma moral, no tener la misma cultura?

Tomemos el caso de aquel que está en la cárcel, que está encarcelado, por ejemplo, en Guantánamo (arriesguémonos a fondo). Frente a él, ¿podemos decir que no tiene la misma ley, la misma moral, la misma cultura que nosotros? ¿Qué tenemos nosotros en común con él? ¿Y qué nos separa de él?

Una idea

Entre más lo pienso, más se impone en mí esta idea: ir, en del marco de una pequeña delegación de filósofos o, mejor aún, de amigos de la filosofía, y hacer una corta visita a una cárcel con dos propósitos: el uno hablaría de lo absurdo de la cárcel, subrayando al mismo tiempo la fuerza y la necesidad de la reclusión frente a la pena de muerte (por ejemplo en cuanto a los crímenes de lesa humanidad); el otro nos imaginaría a nosotros mismos, filósofos o amigos de la filosofía, yendo a prisión en reemplazo de otro ser humano a hacer un acto de pedagogía, de reparación y de co-responsabilidad.

Esta clase de idea posee de hecho un sentido, allí donde sujetos colectivos premodernos, familia o clan, predominan. Se suele admitir, y esto a veces se traduce en actos, que un miembro de una familia o de un clan pague (penalmente) por un acto delictivo de otro miembro. Esto tiene efectivamente una consecuencia práctica, porque cada familia o clan, anticipando los riesgos y los costos, encuentra un evidente interés en ejercer una estricta vigilancia sobre la conducta de sus miembros.

Siguiendo esta idea, cuando el filósofo reivindica ser un "funcionario de la humanidad", ¿hasta dónde le es posible proponer su solidaridad con las sanciones penales sufridas por cualquier ser humano? A él, como funcionario de la humanidad, se le exigiría una solidaridad sin restricciones. Mucho más de 7 ó 8 horas diarias. Hago entonces aquí esta propuesta, al menos bajo la forma de un ejercicio de experimento mental : que los filósofos puedan, en razón de su formación, pasar un año de sus vidas suavizando la pena de un condenado, que sería escogido al azar. Se llamaría un T.P. (taller de ejercicios prácticos, muy frecuente en la Universidad francesa) de amor a la libertad, un trabajo práctico sobre la libertad de ese otro que me es desconocido.

Esto exigiría, sin duda alguna, reformar la ley penal sobre un punto fundamental. Pero permitiría instituir así, puntualmente y de manera muy limitada, una solidaridad mecánica más allá de las solidaridades orgánicas. Se crearía una solidaridad mecánica no grupal, no basada en un nosotros opuesto a un otro nosotros diabolizado. Idealmente, esta forma de tómbola penal alcanzaría toda la eficacia de su mensaje si llegase a ser internacional e incluso mundial. Cualquier condenado de cualquier parte del mundo podría ver su pena aliviada por un estudiante de filosofía cualquiera.

Gratitud

¿Cómo expresar mi gratitud a París 8? Como lo subraya cada vez que puede Leoluca Orlando, antiguo alcalde de Palermo, notable por su rol en la movilización anti-mafia de los ciudadanos de Sicilia, nos encontramos en la época de la interdependencia. Una cinta de Möbius hecha con las banderas de varios países lo expresaría de una manera idealmente breve: hemos definitivamente acabado con la toma de partido. Con un diploma francés en matemáticas y un diploma colombiano en filosofía, soy un híbrido en deuda con la educación francesa. Le debo gran parte de mi optimismo práctico. Cuando el terrorismo, por ejemplo, atacó un embalse y puso de esta manera en peligro una de las principales fuentes de abastecimiento de agua de la ciudad, me dije que a la destrucción había que responderle con construcción. "Trabajemos hoy unas horas de más, como signo inmediato de voluntad de construcción" fue mi invitación al equipo de trabajo de la alcaldía.

He tenido hasta ahora la suerte de haber puesto en marcha una especie de pedagogía generalizada donde cada uno encuentra la posibilidad de aprender y de enseñar. Si nosotros innovamos, también pasamos mucho tiempo evaluando. Por ejemplo, la tasa anual de homicidios en Francia es de 0,7 por 100.000 habitantes. La de Colombia es 70 veces mayor, y en Bogotá alcanzó en el año 1994 su máximo nivel: 80 homicidios por 100.000 habitantes. Esta tasa se vino reduciendo anualmente desde 1994, para llegar a 23 en el año 2003. Es una reducción notable, a la cual creo haber contribuido. Y aun así, cada una de nuestras vidas continúa valiendo 30 veces menos que la de un francés. En realidad Emmanuel Lévinas tenía una muy bella manera de decir aquello de lo que se trata cuando nos invitaba a ver lo que de manera inevitable está escrito sobre la frente de cualquier ser humano, de manera visible para quien mire con suficiente atención: la frase tú no matarás .

El objetivo ya no es construir como en los años 70 un nuevo ser humano para una nueva sociedad. La labor es infinitamente más modesta: hacer que el peatón use los cruces peatonales en vez de arriesgar su vida; o que el ciudadano reduzca su consumo de agua. Pero hasta para esto los métodos más heterodoxos demostraron ser los más apropiados. En Vergara, un municipio de 10.000 habitantes a 100 km de Bogotá, en vez de registrar la sucesión de muertes violentas según la tradicional narración que intenta darle sentido de algún modo justificándolas, cada muerte fue presentada como un fracaso en la consecución de una meta colectiva explícita, llegar a cero muertes violentas. Mes tras mes se publicaban las cifras en una enorme valla, ubicada en la plaza central de Vergara.

La anécdota de la cartelera o su equivalente (la noticia con el indicador) tuvo una amplia difusión. Le dio una gran visibilidad al acercamiento pedagógico en materia de cultura ciudadana. Le compete ahora a cada alcalde y a cada equipo ver si quieren tomar los riesgos de la pedagogía. Sea lo que decidan, de todas maneras se puede decir que ella tiene por lo menos un soporte institucional en la Constitución de 1991, que enuncia en su Artículo 11 que "El derecho a la vida es inviolable. No habrá pena de muerte". He ahí quizás una razón fuerte para admirar la cárcel. La cárcel nos dice, aún contra los hechos: tenemos todos la posibilidad de enderezar nuestro camino.

Las tres impunidades

La impunidad no es únicamente la ausencia de castigo legal (encarcelamiento, multa). También es la ausencia de sentimiento de culpabilidad. Es por eso que Estanislao Zuleta, notable filósofo autodidacta colombiano, comentando Crimen y Castigo de Dostoievski, escribió en los años setenta: "Si ustedes no quieren tener una sociedad llena de cárceles repleta de presos, entonces deben aprender a sufrir fuertes sentimientos de culpabilidad". También hay una otra forma de impunidad, que no es ni legal, ni moral. Es la impunidad social. Este es el caso cuando un delito no produce el rechazo por parte de la comunidad.

Luchar contra estas tres impunidades es tal vez el camino a seguir, sobre todo en sociedades que están lejos de tener la posibilidad de encarcelar a aquellos que deberían ser encarcelados si la sociedad se obstina en resolver sus problemas a través de la cárcel. Si Colombia quisiera lograr la actual tasa de encarcelamiento de Estados Unidos o de Rusia, tendría que multiplicar por cinco el número de las prisiones. De hecho, todo indica que, teniendo en cuenta nuestro alto nivel de impunidad legal, nuestra sociedad se basa aún más en la autorregulación moral y personal, así como en la regulación interpersonal producida en el seno de la cultura, de la comunidad o de la sociedad misma. Los sentimientos de culpabilidad, los remordimientos, los arrepentimientos, la vergüenza, la molestia, el oprobio, la mala reputación, nos carcomen mucho más que el miedo, en todo caso mucho más que el miedo a la represión por parte del Estado. Y si sinceramente se desea el surgimiento del pluralismo moral y cultural, es entonces contra estas tres impunidades que debe lucharse y enseñar la obediencia voluntaria a la ley democráticamente establecida.

Si la invención cristiana de la culpabilidad , dramáticamente enriquecida por San Agustín (al precio de centrarse, de manera tal vez desmesurada, sobre la sexualidad) y el sentido oriental del honor llegaran a ser más fuertes y a converger, las prisiones podrían en realidad vaciarse. Dentro de este marco, la opción particular de los filósofos es la que consiste en contenerse a sí mismos a tiempo, la de aceptar a tiempo el argumento o el consejo, o incluso a someterse a la mirada del otro. Esta opción daría sentido a la visita que algunos de los aquí presentes habríamos hecho a la cárcel (...) con el fin de escuchar la reacción que tendrían los presos; si los filósofos propusieran públicamente un cambio parcial y pedagógicamente orientado de la regla central del derecho penal, aquella de la responsabilidad personal, al crear la posibilidad de reducir su pena alentando a los inocentes, a los filósofos o a los estudiantes de filosofía a purgar, en su lugar y en parte, sus penas. Por este camino, el castigo penal incluiría también la lucha contra las otras impunidades. La cárcel produce miedo, en algunos medios también produce vergüenza. Al introducir la posibilidad de compartir las penas, admitida por el derecho civil, pero no por el derecho penal, contribuiría al sentido de culpabilidad y a la fuga de por vida hacia un bien necesario para pagar juntos una deuda que nunca se deja pagar del todo.

Las tres cegueras de la prisión al fenómeno del reconocimiento

Bajo el nombre técnico de loss aversion , las ciencias sociales han establecido de manera sólida que en promedio una pérdida de 100 se compense a la altura de encontrarse 250. Hablo de esto, porque ayuda a comprender la preponderancia de los castigos sobre las satisfacciones. Si nos valemos de las palabras de Jon Elster, se dirá por ejemplo que la gloria tiene un efecto menor que la vergüenza. Sin embargo, las satisfacciones también pueden tener efectos reguladores. Entre las distintas clases de satisfacciones, aquellas ligadas al reconocimiento tienen una fuerza particular.

En realidad, existe toda una economía del reconocimiento capaz de alentar numerosas buenas conductas. Kojève lo había leído en Hegel, bastante antes de Fukuyama 1. El reconocimiento de la acción como buena o como adecuada produce, sin duda por inducción, confianza. Un reconocimiento suscita la anticipación de reconocimientos por venir y ejerce un poderoso efecto regulador en nuestra conducta. Es suficiente que una centena de personas cercanas a alguien se pongan de acuerdo en considerarlo honesto para que este se sienta muy probablemente obligado a serlo.

También existe, a pesar de haber escandalizado a filósofos como Jon Elster o Ernst Tugendhat, una satisfacción ligada a la simple coherencia entre acción y principios. Lo contrario del miedo a la culpa no es solamente el sentido del deber. También lo es la admiración concreta de sí mismo, al constatar las victorias logradas en materia de coherencia con las exigencias internas. Es por lo mismo que Sartre pudo escribir que jamás se había sentido tan libre como durante la ocupación nazi.: cada palabra y cada gesto estaban llenos de consecuencias.

Aún más extraño: existe una admiración por la ley. Puede actuar aún cuando nosotros estemos lejos de estar de acuerdo con ella y nos esforcemos en cambiarla a través de gestiones compatibles con la democracia. En medio de desigualdades existentes, de los desmentidos de la realidad a los enunciados jurídicos, las contribuciones sustanciales del derecho hacen que la ley convoque la atención y a la admiración y lo podrían hacer aún mucho más.

Por estas tres razones, el entusiasmo alrededor de la cárcel implica entonces también una especie de ceguera referente a las dinámicas del reconocimiento y de la admiración.

Historia de un abuso

La cárcel tiene un régimen jurídico que hace que la condición del detenido o del condenado, que a su vez poseen derechos, sea muy distinta a la situación del secuestrado, que en este momento es la de aproximadamente 3.000 colombianos. Aceptar a proceder a un canje entre ellos, incluso bajo garantías humanitarias, es correr un riesgo parecido a aquel que corren los familiares que pagan un rescate o el que corrió Colombia cuando en 1991 los narcotraficantes combinaron el terrorismo y la argumentación para hacer creer que era más justo que colombianos fueran juzgados por colombianos.

Hoy en día está claro que la no-extradición se hubiera podido sostener si los narcotraficantes no hubieran emprendido al mismo tiempo, de manera oportunista y cínica, la amenaza, el soborno y el asesinato de los jueces colombianos. Es triste que no hubiéramos visto el peligro a tiempo. Hubiéramos podido honrar a aquellos que de verdad se sometían a la justicia colombiana y remover cielo y tierra para hacer sentir culpabilidad y vergüenza a aquellos que, una vez lograda su no-extradición, se dedicaron a burlarse de la justicia colombiana y la debilitaron frente a los delitos y las faltas más anodinas 2.

Hoy en día el peligro está de nuevo presente. "Ni un minuto de cárcel" dijo a principios de abril a la CNN uno de los jefes paramilitares colombianos. De alguna manera, con la salvedad de algunas diferencias, estamos de nuevo en el año 1991. Si el parlamento colombiano vota a favor de la ley de alternatividad penal o si el gobierno, basándose o no en esta ley, logra llegar a un acuerdo humanitario con las Farc en cuanto a un canje entre secuestrados y presos, no habrá otra opción que intentar construir lo más rápido posible, tanto dentro como en el exterior del país, una barrera contra la posibilidad de abusos inmediatos y futuros , que evite que la excepción se vuelva regla y que la toma de rehenes aniquile los esfuerzos de la justicia. Sin autorregulación, el camino sería trágicamente largo. Desde Sócrates, que no aceptó sacrificar ni su moral, ni su obediencia a las leyes, los filósofos saben mucho de autorregulación. La autorregulación es en realidad la apuesta de los filósofos.

¿Puede la internacionalización de la justicia ponerle fin a los fantasmas de las facciones?

Una falta puede ser considerada respecto a la humanidad en su conjunto en vez de serlo de cara a un grupo humano particular. Y es posible ver, en la Corte Pernal Internacional, al tribunal que instruye tales perjuicios dirigidos a la humanidad, o que, cuando considera perjuicios inflingidos a grupos, no toma en cuenta sino aquellos que ponen en peligro un orden consensual entendido como propio de la humanidad. Según los términos del Tratado de Roma, la cuestión del genocidio muestra en este nivel cómo es desde el exterior, y desde un exterior que no puede ser el de una facción, que la existencia de los pueblos y de las naciones puede llegar a ser un bien por proteger.

La complejidad de las actuales hostilidades en Colombia muestra todas las dificultades de una respuesta de facción a una facción que se ha absolutizado como facción. Si el derecho penal tiene como función proteger la identidad particular de una facción así como la identidad propia de la humanidad, le compete tratar los riesgos tomados por una identidad de facción, juzgándolos, por una parte, relativos (asegurando al mismo tiempo la garantía de las convenciones internacionales, de la opinión pública y de la justicia del país) pero también captando, por otra, un riesgo para todos, susceptible de ser juzgado por procedimientos globales, como aquellos llevados a cabo de forma ejemplar por la Corte Penal Internacional. Así la defensa del derecho de las facciones tiende, debería tender, a convertirse en el resultado de una acción colectiva global organizada alrededor del derecho internacional.

Se trata de evitar dos formas de fracturas de la humanidad que se basan curiosamente en el mismo modelo de la teoría de juegos: el preemptive strike de los fuertes, atrapados por sus cálculos y por un miedo; la preemptive deception de los débiles, aquella en la cual nos dejamos atrapar, nosotros también, por nuestro resentimiento, pero sobre todo por nuestro pesimismo en cuanto a la conducta de los demás.

Invito a los filósofos a radicalizar y hacer visible gracias a su ejemplo una posibilidad generosa de la sociedad colombiana. Algunos de nosotros estamos dispuestos a ir por unas horas y por algunos días a la cárcel en lugar de los culpables de crímenes contra la humanidad. Tan solo por dos objetivos: recordar que la humanidad no ha encontrado aún una pena diferente a la de la cárcel, que sea capaz a la vez de producir una reparación y de evitar el futuro abuso; adquirir apenas un poco más de autoridad moral o cultural para el momento en el que convendría exigir coherencia en caso de que las concesiones (como aquellas que serán hechas en Colombia) condujesen a la escalada, al oportunismo, y de ahí en adelante a la violencia y a la debacle (o incluso adquirir esta voz con más fuerza para el momento en el que convenga expresar nuestra admiración si, contrariamente a lo que nuestro pesimismo profesional nos inclina a prever, estas concesiones no dieren lugar a abusos).

Gratitud (bis)

La filosofía no exige, en el fondo, más que una fe en la palabra y un tomar partido por la coherencia. Mucho antes de sentirme protegido por el derecho penal internacional, mucho antes de tener el dolor y el placer de llevar por más de diez meses un chaleco antibalas con un hueco en forma de corazón, tamaño natural, justo en el sitio de mi corazón, me he sentido protegido por una fe bien cartesiana. Fe en la comunicación, fe en la argumentación.

El doctorado que ustedes me otorgan me ayuda a valorar el camino recorrido. Pero no me sana de la culpa y de la vocación que me acompañan desde que mi mejor amigo, Vytas Slotkus, fue asesinado en marzo de 1995, dos días después de haber puesto una denuncia justo después de mis invitaciones públicas a poner denuncias. En el entierro, su padre rezó el Padre Nuestro para subrayar la frase que resumía su decisión y su invitación: el perdón. Hoy en día me pregunto cómo perdonar, sobre todo a aquel que no pide ser perdonado y cómo hacerlo para no inducir a un agravamiento del crimen. Tal vez hay que apostarle a la estética, precisamente aquí donde los cálculos parecen no dejarle espacio a la estética.

Recibir este Doctorado en compañía de Cornel West agranda mi sentimiento de agradecimiento. Su voz y su escritura ayudan mucho a entender los límites de la filosofía anglosajona contemporánea y son una invitación a no desfallecer frente a las grandes tendencias que caracterizan el mundo contemporáneo. Compartir sentimientos morales como la indignación hace mucho bien. Gracias señor Presidente de la Universidad, gracias Señora Rectora de la Agencia Universitaria de la Francofonía, gracias queridos colegas del departamento de Filosofía y de la Universidad.

Doy las gracias a todos aquellos que con su generosidad han hecho posible que me sea concedido el Doctorado Honoris Causa. Sueño con el día en el cual una distinción como esta será recibida por cualquier persona que, como yo, haya dejado atrás la tentación de transformar en violencia sus indignaciones para volverlas, por poco que sea, motivos para construir.

París, 22 de junio de 2004

* Ex alcalde de Bogotá. Traducción de Marta Kovacsics M., revisión de José Granés.
1 Hay que recordar que el reconocimiento de las identidades históricamente maltratadas es esencial para Charles Taylor ( y para toda una corriente del feminismo)?
2 De hecho si un juez cede a las presiones, se deja sobornar o intimidar por un narcotraficante o por un grupo armado (guerrilla o paramilitares), ¿con qué severidad puede llevar a cabo un proceso y juzgar a alguien que ha cometido un delito común y que no tiene ni los medios ni la voluntad de someter a su juez al chantaje?