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UNP No.61
Título : ¡Ay, Michael Moore!
Autor : Todd Gitlin
Sección: Internacional
Fecha : Agosto 1 de 2004

¡Ay, Michael Moore!

La política degradada, la democracia ignorante, la historia escandalosa y los dóciles medios de Estados Unidos han creado un monstruo. Todd Gitlin escribe sobre Fahrenheit 9/11 y Michael Moore, "el maestro demagogo en una época demagógica".

Todd Gitlin*

Dicen que cuando le preguntaron a André Gide cuál le parecía el mejor poeta francés del siglo XIX respondió: "¡Ay, Víctor Hugo!" ¿Quién es el más cautivante y útil director de cine del siglo XXI (hasta ahora)? ¡Ay, Michael Moore!

Pero hagamos una pequeña pausa para recapacitar. Seamos justos. Moore es bastante superficial, y eso tal vez no sea tan bueno. ¿Cautivante? ¿Útil? Moore se especializa en hacer mescolanzas. Cuando se encuentra con algo complicado, hace un chiste. No es ni periodista ni hace documentales, porque no se propone descubrir lo que ya sabe. Decir que es útil es ser condescendiente con él, pasar por alto sus chapuzas, sus insinuaciones sensibleras, su chantaje emocional y su total demagogia.

Él es un animador (cuando le conviene) que usa a veces un pincel tan ancho que tapa toda evidencia o lógica bajo unos brochazos de color sensacionalista. Su principal método es una yuxtaposición insinuante. Presto, asocia, y ya está probado. Fahrenheit 9/11 , su película para este año electoral, es como una cuña de cerveza; se supone que la capa subterránea de nuestra corteza cerebral piense: si bebo, me voy a sentir satisfecho. Esta capa profunda está protegida por un pensamiento más deliberado: la película es solo para divertirse. Los que odian a Bush pueden decir: "¡Ya lo sabía!"; Moore puede decir: "Yo no pruebo nada, yo provoco".

Podría seguir en este tono -como muchos lo han hecho- con ejemplos. Estos son cuatro:

•  Moore implica que una razón de Bush para invadir Afganistán fue promover los posibilidades de la gigante petrolera Unocal de construir allí un oleoducto, porque Zalmay Jalilzad fue consultor de esa firma y apoyó a los talibanes, y también Hamid Karzai, y porque de todos modos un representante de los talibanes visitó Estados Unidos en marzo de 2001, y Bush lo trató muy bien, incluso cuando el huésped hizo un comentario sexista. Estipula: Unocal quería un oleoducto. Pongamos que todavía lo quiere. ¿Eso convierte a Unocal en una causa de la guerra? ¿O en la causa? ¿Es posible que haya otras? Moore no lo dice. "Ustedes pueden darse cuenta a dónde lleva esto", dice, pero no en voz alta. "¡Conspiración!", grita, y todo está resuelto. No intenta reconciliar su sorna frente a la guerra con su desdén por los talibanes o con la cita del antiguo jefe antiterrorista, Richard Clarke, de que la guerra fue "lenta e insuficiente". No necesita hacerlo. Argumentar no es su fuerte.

•  Moore muestra la pésima seguridad en los aeropuertos e implica (fácilmente, haciendo solo preguntas) que era así a propósito para aumentar el temor de los estadounidenses y venderles la guerra de Irak. ¿Entonces qué? ¿Queremos una seguridad más molesta o es que es totalmente una treta más del fiscal John Aschcroft?

•  Moore muestra el Irak de Saddam anterior a la guerra como un país alegre, de volar cometas y parques de diversión. Irak "es una nación que nunca nos atacó" (no puede decir lo mismo de Afganistán, así que no lo hace). Saddam -sin armas de destrucción masiva, sin colaboración con Al-Qaeda, sin amenaza inminente, pero con mucha tortura y tiranía- puede muy bien haber sido cualquier payaso bigotudo.

•  Moore muestra cómo se maquillan para la televisión Bush y sus secuaces. Pero cuando Moore estaba haciéndole campaña a Ralph Nader y asegurándole al público que Gore era igual a Bush, ¿no estaba maquillado para la cámara? ¿Y Nader? Qué asco enterarse de que Paul Wolfowitz se arregla la peluca con babas, ¿pero qué tiene que ver esta suciedad con la visión neoconservadora del mundo?

Sí, pero.

Lo siento, pero antes de seguir en este tono, la conciencia me interrumpe. ¿No es por lo menos indecente toda esa indignación con Michael Moore, viniendo de esas personas que poco dijeron sobre la larga lista de decepciones de Bush? Además, Moore hace una propaganda estruendosa, pero es, en fin de cuentas, nuestra propaganda, y buena parte de ella es cierta . Tiene mucho más que unos cuantos golpes bajos en su arsenal. El es un arma no tan secreta contra la intimidante maquinaria de propaganda llamada Casa Blanca, que vendió una guerra a base de mentirosos errores. Con chistes, con malas tomas que no elimina, con villanos dignos de ser silbados, con la madre de un soldado estadounidense muerto de Flint, Michigan -una mujer que podría hacer llorar a Ronald Rumsfeld-, y con preguntas retóricas, y música insinuante, y tomas de los daños de las bombas, y cualquier medio de que disponga, Moore hace que personas que no están al tanto de las bajas en la guerra vean durante un buen rato a los muertos iraquíes, a menudo invisibles e incontables, para no hablar del conmovedor duelo de una madre. ¿No justifican algunos medios ciertos fines, concretamente el de impulsar a la gente para que se pregunte sobre Bush, los sauditas, los hechos de la expedición a Irak, y la estructura de clases de las fuerzas armadas estadounidenses?

Veamos algunas de las pruebas de la insularidad, el despiste y la ilegitimidad de Bush que Moore nos muestra:

•  Bush llegó a la Casa Blanca gracias al regalo familiar de la Florida y a la intervención de los favoritos de su partido en la Corte Suprema. Probablemente el espectador ya está enterado de esto. Pero vale mucho la pena que se repita, dado lo trascendental de esto y el tamaño del hueco negro de la memoria colectiva.

•  A Moore le encantan las tomas chistosas de Bush, sobre todo en sus vacaciones durante buena parte del año 2001, hasta el 10 de septiembre, e incluso el 6 de agosto, cuando la CIA le informó que Bin Laden iba a atacar dentro de Estados Unidos. En otra ocasión, después de una retahíla contra el terror, Bush saca el palo de golf y le grita a la pasiva prensa (que por supuesto no nos mostró este chistoso incidente): "¡Miren este drive !"

•  En la Florida, el 11 de septiembre, después de oír que el segundo avión se había estrellado contra la otra torre del World Trade Center, lee en voz alta un historia de niños y mira al vacío durante siete minutos.

•  Moore apela al argumento de Craig Unger en House of Bush, House of Saud sobre los vínculos de Bush padre e hijo con los jefes sauditas (mucho más íntimos que los "vínculos" de Saddam con Al-Qaeda y Cía.). ¿Por qué los vuelos especiales para los Laden después del 11 de septiembre cuando estaban prohibidos todos los vuelos? ¿Por qué siguen protegiendo (todavía de Michael Moore) a la embajada saudita? Moore no tiene las respuestas pero bien vale la pena hacer esas preguntas ahora que los periodistas nacionales han pasado a otra cosa. Moore no es muy convincente al hablar sobre la camaradería entre los sauditas y los Bush, pero les cuenta a los despistados y medio despistados que Bush ha vivido la mayor parte de su vida en una burbuja de credulidad -en el mejor de los casos-, empapada de petróleo.

•  Moore muestra la oposición de Bush a una comisión investigadora del 11 de septiembre -y ese es otro hecho embutido en el hueco negro de la memoria.

•  Y Colin Powell dijo en febrero de 2001 que Saddam no tenía la capacidad de fabricar armas de destrucción masiva. Otro dato que vale la pena reciclar (los medios estadounidenses todavía no lo han hecho).

•  Bush dice en chiste, en un banquete de recolección de fondos: "Algunas personas dicen que ustedes son la élite, yo digo que son mi base".

•  Moore muestra que las autoridades del estado de Oregon tienen muy poco personal antiterrorista.

•  Y arrincona a varios congresistas para probar la tesis de que sus hijos no son los que están haciendo la guerra de Bush.

En general, Moore argumenta con la edición -golpea, golpea y golpea-. Pero sus mejores momentos son muy diferentes. Como han anotado varios comentaristas, abre nuevos horizontes cuando conversa con Lila Lipscomb, la madre del soldado de Flint muerto en Irak, y con soldados en el hospital Walter Reed. Dirán muchos que es la guerra, cualquier guerra, pero cuando a esta guerra la están esterilizando, exhibir un poco de carne y hueso y de dolientes espíritus no puede ser algo malo. Es algo necesario. Así que démosle a Moore un aplauso por esto.

Y en medio de la emergencia política que vivimos, está llenando teatros en estados tanto conservadores como liberales. Fahrenheit 9/11 fue la película que batió el récord de espectadores para un documental (algunos no están de acuerdo con esta clasificación, pero no importa). Su promedio de boletas vendidas superó -Dios mío- La Pasión de Cristo , de Mel Gibson. Según Fox Sports (!), el corredor de autos Dale Earnhardt -hijo del celebrado, epónimo padre- le recomendó a sus mecánicos que vieran el filme de Moore, diciéndoles que sería una buena experiencia de vinculación afectiva para todo el mundo, sin importar su color político.

La democracia ignorante necesita la controversia que provoca Moore porque no la provocan los periódicos, ni la televisión, y porque no la provocaron los demócratas, ni el Congreso, ni las personas sensatas. Nadie que no se disgustara con el gobierno con respecto a las armas de destrucción masiva y Al Qaeda tiene el derecho de rabiar contra Michael Moore. Él no es candidato a presidente, después de todo (otra buena noticia.) Fue Moore el que planteó el tema de la evasión de Bush del servicio militar hace unos meses, cuando dijo que el presidente era un desertor en una tribuna con el general Wesley Clark. Fue una exageración, pero llenó un enorme vacío.

Moore es el maestro demagogo en una época demagógica. Es un empresario de espectáculos que acorrala a la gente desinteresada por las noticias para que le pongan atención a él, a sus hechos, su visión, sus chanzas, su sarcasmo, sus especulaciones, todo indiscriminadamente y haciendo pedazos la cómoda satisfacción que vio a George Bush apoderarse del poder en la nación más poderosa de la historia. Esta es la situación actual de Estados Unidos. Pero aún así, Moore podría ser una mejor versión de sí mismo, y seguir siendo Moore. Nos podría mostrar que la guerra asesina y que Bush es espantoso, y ser sin embargo más escrupuloso. Pero Moore es ¡ay! el único Moore que tenemos. Moore es el anti-Bush ¡y cómo lo necesitamos!

* Profesor de sociología y periodismo en Columbia University y autor de varios libros, entre ellos, The Sixties: Years of Hope, Days of Rage , Bantam, 1987. Publicado por la Universidad Nacional de Colombia con propósitos pedagógicos y bajo Licencia Académica de openDemocracy . Traducción de Nicolás Suescún.