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UNP No.58
Título : Chávez ¿un césar democrático?
Autor : Frédéric Martínez
Sección: Ensayo
Fecha : Mayo 30 de 2004

El Gobierno de Chávez se arropa bajo el velo de una retórica revolucionaria.

Chávez ¿un césar democrático?

La oscilación entre un proyecto autoritario de toma de control absoluto del Estado y una obsesión por conservar un barniz legalista a su acción política constituye sin duda alguna la insoluble ecuación y el laberinto propio de Hugo Chávez.

Frédéric Martínez*

Hablar de política venezolana en Colombia nunca es un ejercicio fácil; en momentos como este, en que florecen las alusiones a conspiraciones binacionales, se vuelve francamente delicado. Sin embargo, de todos los puntos de tensión que pueden existir entre los dos países -la disputa de los límites, los indicios de un apoyo solapado de ciertos sectores del ejército venezolana a la guerrilla, las incursiones fronterizas de la guerrilla y de los paramilitares, los conflictos de intereses económicos o migratorios- uno se destaca por ser el más álgido de todos: el choque de los imaginarios políticos. Al denunciar recientemente una conspiración conjunta de las "oligarquías" colombiana y venezolana en contra de su persona y de la "Revolución bolivariana", Hugo Chávez ha demostrado una vez más su arte para despertar e instrumentalizar los viejos fantasmas dormidos en el imaginario de ambos pueblos.

Colombia ocupa un puesto privilegiado en la denuncia -difundida incansablemente por el presidente de Venezuela a través de discursos, entrevistas, radios y cadenas televisivas- del infame complot que se fragua contra la noble "Revolución bolivariana". En el eje del mal dibujado en Caracas figuran los "oligarcas" venezolanos (una definición extensiva, como se sabe, ya que todo oponente a Chávez, así provenga de los ranchitos de la capital, es un oligarca), el gran capital, los Estados Unidos, el neoliberalismo salvaje. y una Colombia mitificada y caricaturizada.

La indudable imprudencia diplomática de Colombia, que junto con Estados Unidos y España se apresuró al reconocer, en abril de 2002, el gobierno transitorio de Pedro Carmona, designado presidente de Venezuela después del golpe de Estado lite improvisado por altos mandos del ejército venezolano en la confusión de las manifestaciones sangrientas de abril de 2002, así como su posterior oferta de hospitalidad al efímero líder destituido, acreditó la percepción en Venezuela de una Colombia hostil en principio al chavismo. Pero más allá de todos estos elementos objetivos, lo que explica los encuentros y desencuentros entre los dos países es, ante todo, el choque de dos imaginarios colectivos, tan potentes como disímiles, y compuestos, de ambos lados de la frontera, de una visión paradisíaca o, al contrario, infernal del vecino país. Muchos indicios señalan que en estos tiempos la pesadilla tiende a ganarle al paraíso en estas representaciones mutuas entre repúblicas hermanas.

Si Colombia reviste en el imaginario popular venezolano el prestigio virreinal y la cultura de las ciudades de tierra fría -en eso Venezuela sigue muy sensible al síndrome de la Atenas Suramericana-, también encarna su peor pesadilla: la de una sociedad "oligárquica", desigual, donde un cínico civilismo disfraza mal la dominación de los grupos dirigentes sobre un pueblo sumiso y servil. Esta es la imagen subliminal que difunden las declaraciones de Chávez, tocando en lo más hondo del imaginario nacional venezolano -que ofrece de sí mismo el retrato de un pueblo indómito- el "bravo pueblo" del himno nacional, que liberó a medio continente, que habría sido demasiado apático para liberarse solo del "yugo" español, sin la saludable intervención de los indomables venezolanos.

En la mirada colombiana hacia Venezuela, es probable que la visión de "pesadilla" pese aún más, frente al visión "paradisíaca", que de allá para acá: si Venezuela adquirió prestigio a los ojos de los colombianos, con su vistosa modernidad, su impresionante crecimiento económico a partir de los años cincuenta y su poderoso Estado petrolero, encarna también su peor pesadilla: el nuevorriquismo, el mal gusto, el militarismo, la tentación despótica y, peor que todo, la igualación . La crítica colombiana al mal gusto venezolano es una crítica social y política: el mal gusto es el gusto democrático, que con lucidez y resignación anunciaba Tocqueville a comienzos del siglo XIX en La democracia en América . El mal gusto es el gusto de una sociedad que perdió sus jerarquías y se volvió igualitaria -un velo pudoroso y políticamente correcto para encubrir realidades sociales más crudas y términos menos correctos-: que Venezuela ha encarnado desde la Independencia el modelo de una sociedad de masas, dominada por los "libres de todos los colores", para retomar la expresión colonial: mestizos, mulatos, zambos, pardos, en fin, y por encima altivos.

Durante el mandato chavista no han sucedido cambios estructurales, ni reformas de fondo en Venezuela.

A tal representación se debe, indudablemente, que la revista Semana le consagrara a Hugo Chávez en 1999 una carátula titulada "El Rey Caribe", donde aparecía en un uniforme de prócer que parecía resaltar sus rasgos mestizos. Allí, el fotomontaje evocaba ante todo a Henri Christophe, que de esclavo había pasado a ser Rey de Haití. El mensaje estaba claro: un prócer "pataenelsuelo" con ínfulas de realeza, eso era Chávez. La carátula de Semana reanimaba, en fin, la vieja pesadilla de la "pardocracia" -para retomar una palabra predilecta del mismísimo Libertador, y que se había trasladado exitosamente del imaginario mantuano venezolano al de los letrados neogranadinos que, a pesar de la distancia geográfica que los protegía, empezaban a mirar a sus propios "corronchos" con cierto recelo.

La pardocracia : ese universo de caudillos mulatos y zambos aspirando al poder absoluto y manejando hacia sus huestes una retórica igualitaria. A una sociedad de masas sumida precozmente en un ideal democrático parecían corresponder inexorablemente gobiernos despóticos, encabezados generalmente por militares de extracción humilde y piel morena: Césares Democráticos.

Ineludible, pues, parece todavía la referencia al concepto que tal vez fue la máxima expresión del desencuentro político entre Colombia y Venezuela: el Cesarismo Democrático , título de un importantísimo ensayo publicado en 1919 por Laureano Vallenilla Lanz, insigne intelectual y adalid de la dictadura de Juan Vicente Gómez, en defensa de los gobiernos fuertes como adaptados a la condición semibárbara de la sociedad venezolana, tierra de indómitos llaneros y esclavos alzados en el torbellino de la guerra de Independencia, que fue, como lo afirmó entonces Vallenilla con pionera osadía, una guerra civil. Frente a esta sutil justificación de la dictadura, tan llena de inteligencia histórica como de pretensiones seudocientíficas y racistoides, Eduardo Santos, en línea con la tradición civilista y constitucionalista del liberalismo colombiano, impugnó la teoría de Vallenilla, quien a su vez le contestó diciendo que era más fácil ser civilista en la sociedad jerárquica que seguía siendo la Colombia de 1920 -que no había conocido el terremoto social que fue la guerra de Independencia-, que en un país tan trastocado y ya tan irremisiblemente "democrático" como era la Venezuela posindependencia. Y que le daba curiosidad imaginar cómo la civilista democracia colombiana manejaría la explosión social y la irrupción de las masas en la escena política que no dejaría de presentársele algún día.

Chávez, ¿un nuevo César democrático?

Cientos de personas salieron a las calles de Caracas recientemente como muestra de apoyo a su presidente tras las noticias de un posible atentando por parte de paramilitares colombianos.

Una vez identificadas las trampas que encierran estos estereotipos mutuos entre Colombia y Venezuela, me parece interesante interrogarse sobre lo que la emblemática polémica entre Eduardo Santos y Vallenilla Lanz, a pesar de haber precisamente contribuido a la consolidación de esos estereotipos, puede todavía aportar la comprensión de las crisis internas que viven ambos países, reflexionando sobre el actual gobierno de Hugo Chávez en función de las categorías creadas por el autor de Cesarismo Democrático .

Mirar a Chávez a través del prisma de la figura del César Democrático tendría como primera consecuencia quitarle el velo retórico con que se arropa su gobierno: la retórica revolucionaria. El gobierno de Hugo Chávez parece efectivamente lejos de ser una revolución. No ha habido ningún tipo de cambio estructural, ni reformas de fondo en la Venezuela de los últimos años; lo que se dio fue un relevo de dirigentes y una progresiva depuración de los que, estando en el sector público, han expresado su desacuerdo con el gobierno: los huelguistas de Petróleos de Venezuela (Pdvsa), despedidos; los oponentes influyentes en los rangos de las Fuerzas Armadas, tempranamente jubilados; los firmantes de la petición de referendo revocatorio, despedidos en varios casos.

Relevo político, spoil system llevado a su paroxismo, depuración a través de despidos y jubilaciones aceleradas: el proyecto de la administración Chávez es un proyecto de control del poder, de reducción de la relativa autonomía de la que gozaban entes estatales y paraestatales: compañías de Estado, Fuerzas Armadas, instituciones públicas variadas, universidades públicas, y otros entes estatales.

Se trata de una toma progresiva de control del conjunto del aparato estatal venezolano, incluyendo, recientemente, la justicia. El proyecto chavista -y eso lo reconocen, lejos de los mítines de movilización popular, los más esclarecidos entre los chavistas- no es revolucionario: es un proyecto monolítico, hipercentralista, en una palabra: jacobino.

El chavismo como proyecto de Estado autoritario es una realidad indiscutible; ver en él una revolución es mucho, muchísimo más discutible. A no ser que se esté hablando de una revolución de la misma índole que la que abrió el paso a los 27 años de dictadura de Juan Vicente Gómez: la Revolución Restauradora de Cipriano Castro. Nutrida de reminiscencias y nostalgias de las prósperas épocas dictatoriales -la de Marcos Pérez Jiménez en particular, de 1952 a 1958- la revolución bolivariana sí es restauradora: busca restaurar un autoritarismo estatal erosionado tal vez más por la práctica democrática que por la sola corrupción o el despertar de los corporativismos.

Este primer análisis permitiría acercar a Chávez al modelo cesarista, pero en una versión renovada de comienzos del XXI: el César se impondría como gendarme necesario, ya no para someter indómitos llaneros, sino para ponerle fin a la corrupción y al derroche practicados por delincuentes de cuello blanco y de ciudadanos que, a fuerza de estar apoltronados en el facilismo de la democracia de la Venezuela "saudita", olvidaron la disciplina social. Despidos políticos masivos en el Ejército y el sector público, represión de las manifestaciones, y más recientemente, casos de graves violaciones de los derechos humanos, torturas y arrestos injustificados han señalado inequívocamente que Hugo Chávez, despojado de su parafernalia revolucionaria, se presenta potencialmente ante nuestros ojos como un nuevo César.

Cabe entonces preguntarse en qué es democrático el cesarismo chavista. Y allí es donde Vallenilla, por más inaceptables que sean hoy su determinismo pesimista y sus consideraciones sobre la barbarie, brinda una interesante respuesta: Chávez es democrático de manera orgánica . Su gobierno es "democrático", al igual que la figura promovida por Vallenilla Lanz ni por práctica, ni por ambición, ni por mecanismos políticos de consulta popular, ni por su respeto a la Constitución, sino por naturaleza, por esencia: Chávez ES el pueblo , nos recuerda el eslogan publicitario de la "Revolución bolivariana", lo es por extracción, lo es por vocación, lo es por misión, hasta por sacrificio, ya que es candidato a ser un mártir por su pueblo. El César Democrático es autoritario políticamente, pero surge solamente en sociedades que son democráticas socialmente. En eso, Chávez recuerda extrañamente el perfil dibujado por el maestro Vallenilla.

Pero, lo es, también, de un tipo nuevo, y se afirma tal vez más que como César Democrático, como César de la edad democrática . Nacido pocos años antes de la instauración de la democracia venezolana -que tiñe, sin embargo, en todos sus discursos, de connotaciones negativas- Chávez le debe tal vez más a la cultura democrática venezolana que lo que él mismo, desgarrado entre retórica revolucionaria y ambiciones de autoritarismo cesarista, está dispuesto a reconocer.

Un culto obsesivo de las formas legales distingue en efecto a Chávez de los dirigentes más bruscos en su proceder que Vallenilla tenía en mente al escribir su ensayo. En los cinco años que Chávez tiene en el poder, en los que ha puesto especial cuidado en tratar de no estar en franca contravención con los principios constitucionales, en tratar de disfrazar de legalismo todas sus acciones, muchos habrían, en épocas no tan remotas, transformado sin tanto cuidado las endebles democracias que heredaban en dictaduras consolidadas. Pero la vocación cesarista de Chávez entra permanentemente en conflicto con un imposible afán de ser irreprochable, por un permanente espejismo civilista. No que lo logre: las triquiñuelas de apariencia legal para empantanar y al final impedir el referendo revocatorio, o las manipulaciones para establecer un control político de la justicia, además de mortíferas para la democracia venezolana, no engañan a nadie. Pero esta oscilación entre un proyecto autoritario de toma de control absoluto del Estado y una obsesión por conservar un barniz legalista a su acción política constituyen sin duda alguna la insoluble ecuación y el laberinto propio de Hugo Chávez. La insoluble ecuación también de la oposición, condenada a debelar sin descanso las trampas aparentemente legales que les opone el leguleyo César.

Es que a este nuevo César, impregnado a pesar suyo e inhibido por la cultura política de la democracia venezolana, le tocó en efecto una edad y un país fundamentalmente democráticos. Frente al espejo que le brinda Vallenilla Lanz, siente seguramente la nostalgia de que no le haya tocado vivir otra época más heroica, más propicia para desenvainar, sin más reparos, su espada.

* Historiador, profesor del Instituto Francés de Estudios Andinos, Universidad de Marne-la-Vallée (Francia). Es autor de El nacionalismo cosmopolita: la referencia a Europa en la construcción nacional en Colombia, 1845-1900 , Bogotá, Banco de la República - IFEA, 2000.