UNP No.57
Título : Perspectiva histórica del terrorismo
Autor : Fred Halliday
Sección: Internacional
Fecha : Mayo 9 de 2004 |
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| Explosión de un coche bomba en Madrid perpetrada por la banda terrorista ETA, en la que murieron tres personas, entre ellas el magistrado del Tribunal Supremo, Francisco Querol. |
Perspectiva histórica del terrorismo
El terrorismo es tema definitivo luego del 11 de septiembre. Es asimismo una de las palabras más confusas y disputadas del léxico político. El camino al entendimiento, dice Fred Halliday, pasa por la aptitud para hacer conexiones: entre pasado y presente, violencia estatal e insurgente, movimientos nacionalistas y religiosos. El resultado es un repaso esclarecedor de la historia del terrorismo, su impacto actual y su posible futuro. Esta es la primera de dos entregas de UN Periódico sobre la reflexión del investigador británico.
Fred Halliday*
La confusión de nuestros tiempos
La primavera de 2004 ha engendrado monstruos. Las bombas de Madrid, los asesinatos en Gaza, las matanzas en Kosovo, las masacres en Uganda, los saqueos en Irak y las persecuciones en Sudán le recuerdan al mundo -si acaso trataba de olvidarlo- que el tema definitivo para el siglo XXI es la cuestión de la violencia política y sus causas. Mucha de esta violencia política puede ser caracterizada como "terrorismo", y los anteriores son ejemplares reconocibles de ese término tóxico, multidimensional y en última instancia ineludible. Su empleo exige extrema cautela y circunspección, así como una conciencia de su abuso potencial, pero las realidades apremiantes de nuestros tiempos fuerzan en nosotros la responsabilidad de hacer de él una herramienta de ilustración y comprensión.
El terrorismo es un asunto complejo que no admite una solución fácil, sea intelectual o política. De hecho, es probable que ningún otro tema sea tan importante en las relaciones internacionales, o de tratamiento tan confuso. Sin embargo, nunca como ahora ha sido necesaria una clara presentación del mismo, pues desde el 11 de septiembre se ha convertido en el tema ordenador de la política exterior estadounidense y, por extensión, de buena parte de la discusión en Europa, el continente eurasiático, el Oriente Medio y demás regiones. El terrorismo no es un problema específico "medio oriental" o islámico. Históricamente, el continente europeo fue pionero de la violencia política a escala mundial, y jugó un papel principal en el desarrollo de estos instrumentos modernos de acción y control político: el genocidio, la tortura estatal sistemática y el terrorismo.
Hoy en día los europeos están en lo cierto al sentir que sus propias vidas, su tranquilidad psicológica y sus valores falibles, aunque esencialmente democráticos y tolerantes, están en riesgo, y que lo seguirán estando en los años por venir. Una era de inocencia -nacida de la prosperidad en expansión de la Unión Europea durante cinco décadas y del final de la Guerra Fría en 1991- ha llegado a su fin, si no el 11 del septiembre de 2001, el 11 de marzo de 2004.
Pero no deberíamos olvidar que fue Europa la que encaminó al mundo en los usos de la violencia política, y que el terrorismo, con el miedo que genera, son preocupaciones globales. Es comprensible que tantos políticos en España y más allá hablen de los atentados en Madrid como un ataque a los valores europeos, y que el Parlamento Europeo haya pasado al día siguiente de las explosiones madrileñas una resolución a favor de un "día europeo contra el terrorismo". Pero estas son respuestas prejuiciosas y erróneas: aquellos de nosotros que somos europeos también llevamos una carga de responsabilidad por tales fenómenos. Más importante aún, los europeos o, para el caso, los norteamericanos, no son los únicos blancos del terrorismo, sino también todos aquellos en el Oriente Medio y en todas partes que se enfrentan a un enemigo totalitario y fanático, pero paciente y decidido. El problema le compete, y le competirá por largo tiempo, al mundo entero. Debemos enmarcar nuestras respuestas -de seguridad, morales y políticas- dentro de estos términos.
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Es esencial caer en la cuenta del carácter global del problema terrorista por otra razón: el lado oscuro de la globalización, que tan fácilmente olvida el optimismo liberal. Más allá del Occidente próspero hay un mundo que está y se percibe a sí mismo como privado de las ventajas de la vida moderna. Si hay un hecho que la opinión informada de Occidente debe tener en cuenta sobre los demás es aquello que puede ser denominado "rencor global": el golfo enorme y en expansión permanente que separa al Occidente desarrollado de los grandes territorios de rabia y crisis que lo rodean en Oriente Medio, América Latina, África y Asia.
La necesidad de entender este punto se resalta por el primero en la sucesión de asesinatos de líderes del grupo palestino Hamas, en las semanas recientes. El Sheik Ahmed Yassin estaba en guerra con Israel y hacía tiempo que había aceptado su destino. Asimismo era un héroe para su propia gente, y ahora lo es para los musulmanes alrededor del mundo, por dos razones que van al corazón de la ira de la gente pobre en el mundo no occidental. La primera, él resistió a la ocupación y la arrogancia extranjeras. La segunda, fue un líder político de personalidad honesta. Al igual que el ayatolá Jomeini y Fidel Castro, él no tenía chalets en Ginebra, o cuentas bancarias secretas, o un corrillo de muchachas bonitas, o una retórica política abstrusa y ajena. Millones de personas lo percibían y respetaban como un hombre sencillo, honrado y valiente, si bien las tácticas que aplicaba contra los otros eran inhumanas y criminales.
La acción israelí lo ha convertido en un héroe para musulmanes de todo el mundo, incluso para aquellos de la diáspora europea, y la respuesta será terrible y continuada. La fecha de su asesinato, el 22 de marzo del 2004, muy bien podrá marcar retrospectivamente un punto de giro en la historia del Oriente Medio, y en particular del Estado judío, hoy incluso más vulnerable que el 11 de septiembre.
No hay modo de saberlo, al igual que no podemos estar seguros de si las acciones de Al-Qaeda en Manhattan y el Pentágono probarán ser con el tiempo eventos de la "historia mundial", en esencia singulares, como de otras maneras lo fueron la crisis financiera de 1929, las bombas atómicas de 1945 o la crisis de los misiles en 1962. Acerca del 11 de septiembre podemos afirmar una cosa sobre las demás: fue un evento político , no un acto de la providencia divina o fática, no una manifestación de irracionalidad o religiosidad atávica.
Los ataques del 11 de septiembre fueron, al igual que el de Madrid y los demás eventos mencionados al comienzo de este artículo, el producto de factores políticos específicos e identificables, originados en la historia reciente del Oriente Medio, de la Guerra Fría y sus secuelas, o en la combinación de ambas. Y es el juego interno de ambos factores en los años por venir lo que determinará el futuro. Si ha de haber más fechas codificadas como 11-S u 11-M, o si la constelación de fuerzas en torno a Al-Qaeda podrá mantenerse en campaña, o si este acontecimiento habrá de definir y envenenar más aún el amplio patrón de relaciones entre Occidente y el mundo musulmán, son interrogantes que pueden ser sometidos al cálculo, juicio y decisión de la política.
En otras palabras, parte de la respuesta estará en donde empieza el proceso mismo de la violencia política, en la propia confluencia política-liderazgo, los eventos, la lucha de poder, y las consecuencias a mayor plazo de las acciones de las fuerzas estatales y no estatales por igual. Bajo esta definición política del futuro yace, sin embargo, la pérdida de poder político por parte de los ciudadanos comunes y corrientes. Aún más que durante las grandes guerras -cuando se moviliza a los ciudadanos en el frente o en la retaguardia-, la mayor parte de los habitantes de las ciudades del mundo está reducida a ser mera espectadora de las actuales guerras contra el terror y por el terror. Están inermes para participar de manera significativa y alterar el resultado.
De esta forma, ellos (nosotros) son prisioneros no solo de su (nuestra) impotencia individual, dejando de lado el ocasional voto de protesta, sino de la propia naturaleza de este conflicto. No es una batalla militar secreta. Es una en la que sentimientos, mitos y pareceres confusos luchan por articularse en un discurso público, y en donde el sentido de la seguridad cotidiana en la vida privada de familias e individuos está frenado o minado por fuerzas enormes e impersonales que cuesta comprender.
Es, sin embargo, precisamente de esta "universalización" de la condición humana en la era del terror y sus batallas que un cierto margen de participación, debate y reflexión crítica no se hace solo posible, sino que se vuelve la responsabilidad activa de aquellos que han estudiado y reflexionado acerca del carácter de la violencia política en la época actual. Es en este espíritu -el de creer en la gestión de los ciudadanos dentro de la democracia, incluso cuando desafíos serios y a largo plazo se vuelven la condición de nuestra propia existencia- que yo propongo esta breve exposición sobre terrorismo y sus lecciones para el mundo pos 11-S.
La modernidad del terrorismo
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El "terrorismo" se funde con demasiada facilidad en el debate político contemporáneo con el fenómeno general de la resistencia armada a la opresión estatal. Esta última actividad ha sido una característica principal del mundo moderno, especialmente en situaciones de dominación de potencias occidentales o coloniales. En ella se incluyen, en tiempos recientes, las actividades del Congreso Nacional Africano (CNA) en contra del régimen del Apartheid en Sudáfrica, así como de las de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), los movimientos guerrilleros de Afganistán, más el Frente Sandinista de Liberación Nacional (Fsln) y los "contras" en Nicaragua. El derecho general a la resistencia y, donde la represión es extrema, a tomar las armas, es ampliamente reconocido tanto en las leyes como en el discurso político moderno: fue la base del apoyo de Reagan a las revueltas contra los regímenes comunistas del Tercer Mundo durante los años ochenta (Angola, Grenada, Mozambique), así como lo fue del apoyo comunista para las guerras de liberación nacional de los años cincuenta y sesenta.
Tal derecho es también una parte preciada del legado de la reflexión política de muchos siglos tanto en Oriente como en Occidente. La tradición legal y política del cristianismo le otorgó el respeto debido. Fue también apadrinado por el filósofo inglés John Locke, por los padres fundadores de los Estados Unidos de Norteamérica y por las corrientes radicales de desacuerdo durante la era de los imperios y la ilustración. Está igualmente presente en el discurso islámico, en donde la revuelta -a la que se alude a menudo como khuruj (literalmente "el escape" en contra del tirano), dhalim, taghin, o musta´bid - es parte central de la tradición. En la mente colectiva de los poderes hegemónicos, y particularmente en la discusión norteamericana luego del 11-S, el derecho a la revuelta generalmente se excluye; muchos Estados no occidentales se han apresurado a tomar ventaja local de una tendencia global aplastando la oposición interna (con la indulgencia de Washington) bajo el supuesto de que ella es también "terrorismo".
El terrorismo es un fenómeno político y moral bien definido, aunque, por supuesto, se liga con el tema de la revuelta y la oposición a la opresión. El terrorismo se refiere a un conjunto de tácticas militares que son parte de la lucha militar o política, diseñadas para forzar al enemigo al sometimiento por medio de alguna combinación de asesinatos e intimidación.
Como tal, es tenido como una violación a las normas y reglas de la guerra, en cualquiera de dos sentidos. Primero, según estas reglas estén codificadas, como en las Convenciones de Ginebra y sus dos Protocolos Adicionales de 1977, los cuales abarcan (aunque de manera deficiente) las acciones "irregulares y terroristas". Segundo, en donde estas reglas existan de manera informal con relación a lo que se considera como medios legítimos de hacer la guerra. Estas son notoriamente vagas y permiten (especialmente en situaciones de fervor nacionalista o religioso) interpretaciones partidistas, pero también son notablemente persistentes y universales: los asesinatos de mujeres y niños, de prisioneros o de grupos de civiles son acciones ampliamente reconocidas como inválidas por principio en todas las culturas, religiones y contextos.
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Al-Qaeda, con Osama Bin Laden a la cabeza, cree en una guerra cósmica, que contempla una lucha fundamentalista entre el bien y el mal. |
El primer uso del "terrorismo" fue aplicado por los revolucionarios franceses, en una reversión exacta del sentido contemporáneo del término: para denotar la violencia en contra del pueblo por el Estado. Asimismo, fue usado por el líder bolchevique León Trotsky en un libro titulado Defensa del terrorismo. No debe olvidarse esta dimensión. En tiempos recientes, los Estados han matado y torturado a muchas más personas y violado muchas más de las reglas de combate que sus opositores "no estatales". Este reconocimiento de la prevalencia y criminalidad del terrorismo "de Estado" debe, sin embargo, mantenerse diferenciado de otros dos asuntos: primero, el terrorismo "respaldado por el Estado", que viene a significar el apoyo a actividades terroristas o más ampliamente guerrilleras por un Estado dentro de su territorio y/o en contra de los gobernantes o los ciudadanos de otro; segundo, la responsabilidad que tienen los grupos mismos de oposición en revuelta (legítima o no) en contra de un Estado dictatorial para respetar las normas de la guerra -pues sus defensores recurren con demasiada facilidad a un ataque (a menudo justificado) contra el terrorismo " de Estado" para desviar la atención de los crímenes de su propio bando.
La historia temprana del terrorismo, como concepto y como fenómeno político, arroja algo de luz a la crisis presente y a la "guerra contra el terrorismo". El ascenso del terror "no estatal", justificado como una actividad política consciente -más con fines de propaganda que por motivos de desafío a los Estados- data de un siglo después; los movimientos nacionalistas de Irlanda, Armenia y Bengala son representativos. Esta táctica también fue implementada por los anarquistas rusos. En el período posterior a 1945, el "terrorismo desde abajo" vino sobre todo a asociarse con las luchas del Tercer Mundo contra un poder colonial percibido como demasiado poderoso para enfrentarlo solamente en el campo de batalla: el Irgun sionista, el FLN argelino, el Mau Mau de Kenia, el Eoka de Chipre, el Ejército Republicano Irlandés (IRA), el ETA vasco -aunque no, significativamente, Vietnam-. Solo a finales de los años sesenta las incidencias de tal actividad se volvieron al Oriente Medio, con los movimientos guerrilleros atacando civiles en Palestina, Irán y Eritrea, secuestrando aviones de pasajeros y a políticos y ciudadanos comunes por igual. Pero bien vale señalar que estos grupos estaban inspirados en ideologías laicas, a menudo de izquierda o autodenominadas como marxistas-leninistas. Grupos religiosos como la Hermandad Musulmana de Egipto y Jordania, y los Fedayín-i Islam de Irán llevaban a cabo asesinatos selectivos de intelectuales laicos u opositores políticos, pero estas eran acciones de objetivos específicos y no parte de una más amplia movilización social y política para tomarse el poder.
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La violación de las soberanías en África, América Latina y Asia ha conducido a enérgicas protestas en contra de la forma como se quiere combatir el terrorismo. |
Se ha explotado mucho la relación, a la luz del 11 de septiembre, entre una religión, el islam en este caso, y los actos de terror. Pero aquí es pertinente señalar un elemento vigoroso y (en el sentido propio de un campo específico de estudio) "orientalista" de comparación. Todas las religiones contemplan las bases de respeto para las normas generales de comportamiento en guerra, pero también contienen elementos que pueden ser usados para la masacre, la expulsión étnica y el asesinato de prisioneros. La Biblia judeocristiana, en especial el Deuteronomio y Jueces, dan buenos ejemplos de estas cosas. No se puede negar que hay elementos en los textos y tradiciones de las naciones islámicas que pueden juntarse para armar el instrumento moderno del terrorismo político -pero no se trata de una relación necesaria o exclusiva.
La implicación más importante es la de que el "terrorismo", como ideología e instrumento de lucha, es un fenómeno moderno , un producto del conflicto entre Estados contemporáneos y sus inquietas sociedades. Se ha desarrollado en países ricos y pobres como parte de un modelo transnacional de enfrentamiento político. Sus raíces yacen en la política laica moderna; no tiene una filiación regional o cultural específica ; es solo un instrumento entre muchos para aquellos que aspiran a desafiar a los Estados y, un día, asumir el poder ellos mismos.
Lecturas recomendadas: Gilles Kepel , Jihad, the trail of political Islam , I.B. Tauris, 2002. Malise Ruthven , A Fury for God, the Islamist attack on America , Granta, 2002 . Fred Halliday , Nation and Religion in the Middle East , Saqi, 2000 . Walter Laqueur , Terrorism , Weidenfeld & Nicolson, 1978. Conor Gearty , Terror , Faber, 1991. Paul Berman, Terror and Liberalism , Norton, 2003 . Tony Honore , "The Right to Rebel", en Conor Gearty, Terrorism , Dartmouth, 1996.
* Publicado originalmente en openDemocracy , el 22 de abril de 2004. Traducción de Humberto Correa.
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