UNP No.55
Título : Carandiru no es un lugar cualquiera
Autor :
Luis Orlando Espinosa Ramírez
Sección: Cine
Fecha : Marzo 28 de 2004 |
Carandiru no es un lugar cualquiera
El drama de las cárceles del Tercer Mundo, contado a través del lente de Babenco, director premiado en Cannes y Cartagena, y desde la mirada del crítico de cine, para quien la cinta cae en el "artificio moral, disfrazado de realidad y realismo".
Luis Orlando Espinosa Ramírez*
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| La violenta tensión de algunas de las secuencias de la cinta brasileña. |
Carandiru no es un lugar cualquiera. Fue hasta finales de la década del ochenta la cárcel más poblada de América Latina; no obstante su capacidad para albergar a cuatro mil personas, en sus días finales su cupo llegó casi al doble. En sus celdas se vivió lo que muy posiblemente se vive en cualquier otra cárcel con características semejantes; con el hacinamiento de la población, se dio el de todas las miserias y las tragedias del ser humano; entre sus muros cohabitaron todas las maldades y quizá algunas bondades. Carandiru hoy no existe, pero cabe pensar que allí se manifestó, con esplendor decadente, el vértigo de un vivir marginado y un sentido grotesco de la justicia y el crimen, del vigilar y el castigar.
Carandiru es el pretexto al que esta vez recurre el director de cine brasileño Héctor Babenco para hacer una película. La advertencia preliminar de Carandiru, según la cual los hechos narrados están basados en la vida real, parece, en un primer momento, un comentario introductorio a la estilística formal de la cinta y a la concepción estructural del guión. En efecto, las primeras secuencias abordan el drama con definitivos aciertos visuales y dramatúrgicos: Babenco -y su director de fotografía, Walter Carvalho- logra en esta parte mantener cierta unidad a partir de una iluminación dominada por la relación claro-oscuro y una composición centrada en primeros planos y en cuadros dentro del cuadro. La fotografía evidencia la idea del encierro que es, a su vez, acentuada por un montaje que insiste en la relación adentro-afuera. Hay en esta primera parte un intento por encontrar una traducción cinematográfica para la inquietante luz de lo sombrío y para el monótono y angustiante espacio de lo hermético, sin salida.
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| La desesperanza de los presos e Carandiru, una cárcel que no perdona. |
La presentación del conflicto es, tal vez, retórica, pero anuncia la idea protagónica a partir de la cual Babenco va a desarrollar la historia: uno de los reclusos insiste con pasión y gestos violentos en cobrar venganza contra otro que ha asesinado a su padre. La presencia central del director de la cárcel y del nuevo médico definen este primer desafío y la circunstancia ética y moral de la penitenciaria más grande de Sao Paulo y de América Latina: el victimario ejecutó a su víctima por petición de la esposa. Así, el guión -basado en el libro EstaÁao Carandiru, escrito por Víctor Navas, Fernando Bonsai y Héctor Babenco- adopta una postura ideológica cifrada en un discurso que nombra constantemente la ambigüedad moral de los personajes y del sistema, porque todo en Carandiru -la cárcel- y en Carandiru -la película- es inestable, excepto el sin remedio que implica el encierro.
Hay un intento, una búsqueda en el arranque de la película. Amago de cine que no alcanza a cubrir la totalidad expresada. Pasada la primera parte, la elocuencia fílmica y dramática termina y, en su lugar, aparece la convención, la forma de lo predecible. La anécdota es puesta en cámara a partir de la más recurrente fórmula narrativa; el afán altruista del médico recién llegado lleva al director a lo obvio: pasar revista clínica y, con esto, comprobar dos cosas igualmente obvias: primero, la lamentable condición higiénica y de salud que se sufre en Carandiru, es decir, verificar que al lado del contagio social está muy latente, muy peligroso, el contagio patológico. Y, segundo, narrar la historia a partir de flash-backs: los reclusos de la penitenciaria cuentan los motivos que los llevaron a tan lúgubre lugar. Versiones del pasado que suponen una memoria parcial; un rosario de testimonios, de historias de vida que no hacen más que sentenciar categóricamente lo que se sabe, lo que dicen los personajes: "en la cárcel todos son inocentes". Flash-backs de Babenco para (d)enunciar un caos sintético en el que se pierde toda unidad cinematográfica. Ni el montaje ni la fotografía pueden socorrer al director en su irremediable encierro.
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| Afiche promocional. |
En este punto, Carandiru ya ha perdido todo contacto con la realidad y, lo que es más grave, con el cine, y ha mutado en una vaguedad etérea y dispersa a la que solo le falta el toque final. Después de un partido de fútbol filmado y mostrado según los parámetros televisivos -simulacro sobre simulacros- y de un ritual esperpéntico y paródico que invoca el matrimonio católico, llega lo inevitable, apoteósico y reiterativo: los reclusos se sublevan por un motivo cualquiera y la guardia nacional asume a sangre y fuego el control de la situación; la estrategia militar no pudo ser mejor: más de un centenar de reclusos fueron acribillados infamemente.
Para una mirada grave, Carandiru puede ser una película grave o dolorosa, pero queda claro que lo grave y doloroso fue Carandiru, la cárcel, la masacre que allí se perpetró; la Historia, no el artificio moral, disfrazado de realidad y realismo, con el que Héctor Babenco quiere impresionarnos; fue un lugar particular, tan cierto que requeriría un poco más de imaginación y de creatividad; fue tan real su tragedia que merecería un poco más de irrealidad, como tanto cine, como tantas películas made in América Latina contaminadas y enfermas de un ánimo demagógico: la realidad, ese fantasma inasible.
Pero hay cosas buenas, no faltaba más: Carandiru hizo parte de la Selección Oficial de Cine de Cannes en el año 2003 y obtuvo en el 44 Festival de Cine de Cartagena el Premio India Catalina a la Mejor Película.
* Profesor Escuela de Cine y Televisión, Universidad Nacional de Colombia.
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