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UNP No.55
Título : Immanuel Kant : a los 200 años de su muerte
Autor : Luis Eduardo Hoyos
Sección: Educación
Fecha : Marzo 28 de 2004

Immanuel Kant : a los 200 años de su muerte

Con su "filosofía crííica", Kant fundó una manera de pensar, en torno a la cual ha girado en buena medida la discusión filosófica de los últimos dos siglos.

Luis Eduardo Hoyos*

Inmanuel Kant (1724 - 1804)

Refiriéndose a la ya increíble proliferación de sus intérpretes y epígonos a principios del si­glo XIX, Friedrich Schiller supo compendiar en un memorable aforismo por qué Im­manuel Kant es el filósofo más grande de la Modernidad: "¡¿Cómo puede -ex­clamaba Schiller- un solo rico alimentar a tantos mendigos? !Cuando los reyes construyen tienen los carreteros que hacer". Esa sentencia registra aún la grandeza de Kant, porque sigue siendo cierta. A 200 años de su muerte puede todavía constatarse que no hay una sola teoría filosófica de los últimos dos siglos merecedora de alguna atención que no tenga algo que ver con Kant. Con su "filosofía crítica", Kant fundó una manera de pensar, en torno a la cual ha girado en buena medida la discusión filosó­fica de los últimos dos siglos. Este singular dictamen vale tanto para la teoría del conoci­miento como para la ética, la estética y la teoría política. La teoría de la ciencia se refieren aún y tiene que referirse nece­sariamente, así sea las más de las veces de manera reactiva y crítica, a la imponente contri­bución de Kant a la comprensión del carácter objetivo que tienen los juicios científicos. Kant propuso una ambiciosa teoría con la que pretendía explicar por qué juicios, o proposi­ciones, como "7 + 5 es igual a 12", o "los ángulos internos de un triángulo suman dos rec­tos", o "todo evento tiene una causa" son considerados objetivos, es decir, pueden distin­guirse de juicios como: "me parece que va a llover" o "me gusta el color amarillo", que son, en mayor o menor medida, subjetivos. Con esa explicación quiso responder a la primera gran pregunta de su filosofía: "¿qué puedo yo saber?" Hasta Kant toda la filosofía había considerado proposiciones del tipo "7 + 5 es igual a 12" como ejemplos de certeza y validez objetiva. Kant es el primero que, no contento con ello, acomete la enorme tarea de explicar por qué esto es así y no puede ser de otro modo, es decir, la tarea de proponer el funda­mento que hace ciertos y objetivamente válidos juicios como ese.

Su contribución al desarrollo de la ética o de la filosofía moral no es menos fecunda. Kant piensa que se pueden establecer los criterios de una acción moralmente buena de forma estrictamente racional. Con ello funda la primera gran filosofía moral, que se libera de la teología cuando se trata de prescribir el bien. Aquí Kant propone el concepto de un deber o una obligación que interioriza la persona consciente y actuante de manera autónoma, y ella se convierte en moral en cuanto es autónoma; pero, al mismo tiempo, esto es así en cuanto obra moralmente de acuerdo con dicta­dos que puede evaluar por su propia razón. De este modo respondió Kant a la segunda gran pregunta de su filosofía: "¿qué debo yo hacer?"

También en la estética, el pensamiento de Kant es piedra angular en la filosofía moderna. Se pro­puso aquí dar cuenta del sentido de la pretensión de objetividad que tiene un juicio estético, como cuando decimos: "la Gran fuga de Beethoven es grandiosa" o "El beso de Rodin es precioso". La objetividad de estos juicios, es decir, su validez para todos, no es, ciertamente, tan fácil de establecer como la de los juicios matemáticos. Pues bien, él se pregunta en qué se basa esa pretensión, ya que tenía la correcta convicción de que un juicio de aprobación o reprobación estético no es gratuito, no es arbi­trario sin más.

Política : el derecho de los hombres

Pese a que no nos legó una obra acabada y monumental de teoría política, como sí lo hizo con relación a los tópicos mencionados -su filosofía política se halla dispersa en ensayos y en un librito llamado Para la paz perpetua-, el pensamiento político de Kant es de una vigencia estremecedora. Y no porque proponga grandes transformaciones políticas, como lo hiciera el marxismo, o alguna ambiciosa teoría del Estado y su función, sino porque estableció el criterio de la legitimi­dad política en lo que llamó "el primado del derecho". Ningún pacto entre los hombres, o entre las naciones, puede tener -para Kant- la garantía de ser un pacto perdurable y que fomente la prosperidad y la paz si no está basado en el derecho, que ha de tener un fundamento racional, no divino, ni tampoco meramente partidista, emocional. Este elemental pensamiento político es grande también en el modo sobrio como es presentado por su autor, perfectamente consciente de que lo que ocurría en su tiempo -una época nada sobria po­líticamente: la de la Revolución Francesa y El Terror- traería consigo el fin de mu­chas y muy preciadas seguridades, pero también de que sería el punto terminal de muchos errores e injusticias y, por supuesto, el punto de partida de una vida de riesgos; pues el pri­mado del derecho es, ciertamente, el principio medular y racional de la política, pero es establecido por los hombres, esto es, no tiene sello de legitimidad divino.

Con todo y lo dicho, Kant no solamente representa ese lugar de referencia obligado y fe­cundo de toda la filosofía posterior a él, sino que encarna un verdadero punto de inflexión en la historia de la filosofía occidental. Con Kant termina, en estricto sentido, una época de la historia del pensamiento filosófico, debido a que en los principales temas se enfrentó conscientemente a tradiciones dominantes y propuso una radicalmente nueva manera de ver los problemas más acuciantes de la filosofía y de la cultura humana. Refiriéndose a la filosofía de su tiempo, dice en un célebre pasaje de la Crítica de la razón pura -sin duda su obra princi­pal- que no hay en ella "un solo problema metafísico que no haya quedado resuelto o del que no se haya ofrecido al menos la clave para resolverlo". Y lo notable y paradójico de esa declaración es que aparece justo en el mismo párrafo en que la obra es presentada como un modesto antídoto contra una cadena sin fin de equivocaciones. Todo el libro puede ser entendido, sin exageración, como un intento de probar que esa frase cargada de pretensiones transformadoras, revolucionarias, no es producto de la soberbia, sino del ejercicio pausado de una forma de pensar cuerda y mesurada.

* Profesor Departamento de Filosofía Universidad Nacional de Colombia.