UNP No.55
Título : Más terrorismo menos democracia
Autor : Juan Gabriel Tokatlian
Sección: Ensayo
Fecha : Marzo 28 de 2004 |
Más terrorismo menos democracia
La grand strategy, el nombre de la nueva lucha "mundial" antiterrorista, diseñada por Washington sobre los principios de primacía, guerra preventiva y coaliciones ad hoc, no está exenta de consecuencias para la propia democracia estadounidense. En cambio, para América Latina el alcance se centraría en lo que el autor llama una doctrina de inseguridad nacional.
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| El presidente de los Estados Unidos, george Bush, es señalado por utilizar el terrorismo para sus fines políticos. |
Juan Gabriel Tokatlian*
El General estadounidense Tommy Franks, quien estuvo encargado de la planeación y ejecución de los ataques a Afganistán (octubre 2001) e Irak (marzo 2003) y pasó a retiro en agosto pasado, brindó una entrevista exclusiva para Cigar Aficionado, publicada en diciembre de 2003. El largo e interesante reportaje, escasamente comentado en y fuera de Estados Unidos, contiene una afirmación contundente e inquietante: la eventualidad de un ataque terrorista en EE.UU. con un número muy elevado de víctimas causaría que "nuestra población cuestione nuestra propia Constitución y comenzara así la militarización de nuestro país" (...that causes our population to question our own Constitution and to begin to militarize our country...).
Semejante aserción personal encierra una ecuación que era, hasta hace poco, impensable: ante un potencial nuevo acto terrorista masivo en territorio estadounidense, la democracia de ese país podría estar en entredicho. Si esto fuera así -lo cual no quiere decir que vaya a ser- sería terrible para la humanidad y, por lo tanto, Osama bin Laden habría logrado una victoria política inaudita.
El espectro aún remoto de esa posibilidad nos lleva a preguntarnos qué se ha aprendido respecto al terrorismo y su combate durante los últimos años. En ese sentido, es probable que un contraste entre dos actos terroristas relativamente comparables -los dos casos surgieron de grupos originados en Medio Oriente e involucraron el uso de aviones- permita esbozar unas conclusiones preliminares.
En otro septiembre distinto al de 2001 -el de 1970- el marxista y secular Frente Popular para la Liberación de Palestina emprendió la más osada y sincronizada acción de secuestros de aviones para la época: desvió por la fuerza un avión de la TWA que había partido de Frankfurt; otro avión de Swissair, que había salido de Zurich; otro avión de El Al, que había despegado de New York, y otro avión de Pan Am que fue desviado hacia El Cairo. Los aviones fueron finalmente destruidos pero los cientos de pasajeros -personas corrientes- salieron ilesos de ese cuádruple y espectacular acto terrorista. Treinta y un años más tarde otra serie de secuestros simultáneos de aviones en territorio estadounidense por parte de ciudadanos del mundo árabe musulmán culminó horriblemente con más de 3.000 civiles muertos.
Las diferencias esenciales entre los actos terroristas mencionados fueron dos: su grado de letalidad y su lugar de materialización. La brutalidad del acontecimiento del 11/9 mostró el grado de destrucción al que puede llegar hoy el terrorismo internacional, que consiguió perpetrar tal acción mortífera en el corazón político-militar y en el epicentro financiero-mercantil de Estados Unidos. La letalidad está ligada al acceso a los medios tecnológicos facilitados por la globalización, así como a la obtención de armas de destrucción masiva derivadas, entre otras, del colapso de la Unión Soviética y de la creciente privatización de las formas de violencia organizada. La concreción de un hecho terrorista tan masivo en tierra estadounidense elevó, ahora sí, el problema del terrorismo internacional a escala planetaria: ese terrorismo que tuvo por lustros una alta dispersión geográfica (en especial, en Asia, Europa y África) arribó finalmente al suelo de Estados Unidos.
Lo que distingue a los actores del terrorismo durante buena parte de la Guerra Fría y a partir de la Posguerra Fría tiene que ver con cuatro aspectos: el pasaje de una forma de lucha sustentada en el fervor ideológico (de izquierda y derecha) a otra vinculada con el fundamentalismo religioso (islámico, cristiano, judío, de sectas, entre otros); la mutación de ideales de la expectativa de un futuro utópico a una perspectiva marcada por el no futuro; el cambio de una preferencia más circunscrita (en instrumentos, víctimas, etc.), en cuanto al recurso a la fuerza, a la disposición a usar una violencia más extrema y la mutación organizativa de formas muy centralizadas y fuertemente jerárquicas a estructuras más descentralizadas y reticulares. En breve, hoy predomina la combinación de un terrorismo anclado en un imperativo teológico (en reemplazo del imperativo político), movilizado por la exasperación y el resentimiento (en vez de un horizonte emancipador), dispuesto a la práctica de una violencia ilimitada (en sustitución de una violencia limitada) y estructurado como una red más flexible y compleja (renovando su modus operandi).
En cuanto a las políticas contra el terrorismo, desde aquel audaz episodio de 1970 hasta el atroz atentado de 2001, es posible observar tres fenómenos característicos que limitaron una lucha eficaz contra el terror. En el terreno político-diplomático, en vez de lograr un consenso eficaz favorable a un tratamiento multilateral del terrorismo, los principales actores internacionales optaron por iniciativas unilaterales. En el terreno socio-económico, antes de atacar las causas profundas en las que abrevaba el terrorismo, la mayoría de las naciones prefirió arremeter, casi siempre de modo exclusivamente represivo, contra las manifestaciones visibles y violentas de esa cuestión. En el terreno ético-moral, el grueso de los países -divididos por los ejes Este-Oeste y Norte-Sur- escogió poner en práctica un doble standard que se puede resumir en la frase: mi luchador de la libertad es tu terrorista y viceversa.
En consecuencia, la magnitud del acto terrorista en Estados Unidos, la dimensión alcanzada por los actores terroristas y las limitaciones observadas en el tratamiento frente al terrorismo en las últimas tres décadas permitían suponer que después del 11/9 se produciría un viraje trascendental en el combate contra el terror. Sin embargo, ello no ha ocurrido.
Temporalmente, como ha sucedido desde septiembre de 2001, el terrorismo internacional se manifiesta fuera de las fronteras estadounidenses. En ese sentido, el mayor éxito de Washington en Afganistán e Irak es haber colocado nuevamente en su origen -Medio Oriente y Asia- las peores manifestaciones del terrorismo internacional. No obstante, es difícil suponer que Washington logre imponer esa política sin costos para la estabilidad mundial y, como implícitamente surge del franco comentario del General Franks, para su propia democracia.
Estados Unidos como problema
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La estación de Atocha se ha convertido en buzón público de mensajes contra el terrorismo, del que el pueblo español no deja de designar como un error político para el equilibrio mundial.
Fotografía Cortesía AP |
En el caso específico de Latinoamérica es cada día más evidente la proyección de una mirada de Washington que tiene un potencial enormemente desestabilizador en cuanto a la ya frágil democracia en el área. Esto se torna más comprensible si se analiza la nueva grand strategy de Estados Unidos.
En el caso estadounidense, como en el europeo, la grand strategy se concibe a partir de la combinación de la política exterior y la política de defensa: las dos van de la mano y están entrelazadas.
En ese sentido, y como se observa en el Cuadro I, Washington ha variado sensiblemente su estrategia, su doctrina y los instrumentos diplomáticos que las sostienen. Durante la Guerra Fría predominó la estrategia de la contención; se trataba de frenar la expansión de la Unión Soviética y, de ser posible, revertir (roll back) la consolidación de su zona de influencia. En aquel período sobresalió la doctrina de la disuasión que implicaba incrementar los costos de que el adversario iniciase una acción de fuerza: los efectos de una represalia serían aniquiladores si la Unión Soviética decidía comenzar un ataque nuclear. Paralelamente, la estrategia y la doctrina se apoyaban en la estructuración de una red de alianzas que significaban compromisos firmes y decisivos. Por último, en el ámbito hemisférico la grand strategy se complementaba con una doctrina subalterna concebida en la lógica de que las fuerzas armadas de la región no tenían asignadas, por parte de Washington, un papel activo y fundamental en el combate contra la Unión Soviética: se impuso la denominada doctrina de la seguridad nacional para combatir al "enemigo interno" (el comunismo local que resultaba, en esa racionalidad, parte de la internacional comunista).
Después del 11 de septiembre de 2001 y con más fuerza a posteriori del ataque a Afganistán y antes de la ocupación de Irak, Estados Unidos transformó por completo su grand strategy. La nueva estrategia se orienta hacia la primacía; lo cual significa que Washington no tolerará -ni en el campo militar ni el político- ningún competidor internacional, sea éste amigo (por ejemplo, la Unión Europea) u oponente (por ejemplo, China). La nueva doctrina es la de la guerra preventiva que apunta a explicitar que Estados Unidos se arroga el poder de usar su poderío bélico (incluido el táctico nuclear) contra un país, independiente de que éste se disponga a atacar de manera inminente a Estados Unidos y sin tener en cuenta las condiciones mínimas de legitimidad, legalidad y moralidad que exige el recurso al instrumento militar en las relaciones internacionales. Adicionalmente, las alianzas sólidas del pasado se sustituyen, en términos de instrumentos diplomáticos de respaldo, por coaliciones ad hoc (las llamadas coalitions of the willing); lo que supone que sólo Washington fija la misión y luego establece la coalición para llevarla a cabo.
En este contexto, todavía no está del todo desarrollada la doctrina subalterna en el terreno hemisférico que acompañe esta redefinición sustantiva de la grand strategy. Sin embargo, hay señales evidentes de que se está ad portas de un cambio relevante que podría conducir a que Washington instale en la región lo que podríamos llamar una doctrina de inseguridad nacional. Dos elementos apuntan, peligrosamente, en esa dirección.
Por una parte, Washington ha logrado arraigar en la región, con diferentes niveles de aceptación por país, la noción de que las "nuevas amenazas" son esenciales; esto es, la proliferación de todo tipo de peligros que entrelazan el terrorismo global, el crimen organizado transnacional y el narcotráfico mundial que, a su vez, operan en "espacios vacíos" donde el Estado se ha esfumado o está en franca desaparición.
Por otra, el Pentágono viene insistiendo en que dichas amenazas exigen dejar de lado la división entre seguridad interna y defensa externa y que, por lo tanto, las labores policiales de los cuerpos de seguridad y de las fuerzas armadas deben entrecruzarse e intercambiarse, borrando las fronteras entre tareas policivas y militares.
De consolidarse los dos elementos mencionados resulta obvio que su corolario será una nueva doctrina subalterna para la región que, como la antigua doctrina de seguridad nacional, producirá efectos notables sobre el devenir democrático latinoamericano.
Por ello, hoy más que nunca la defensa y el aseguramiento de la democracia resulta de un interés vital para América Latina; interés que no debiera ser negociable. Ni Latinoamérica en general, ni Sudamérica en particular, son amenazas a la seguridad de Estados Unidos. Tampoco Estados Unidos es un contrincante o antagonista de la región. Sin embargo, Washington sí puede convertirse en un problema para nuestras naciones si opta por empujar a las fuerzas armadas del área a participar en tareas que no les competen y a fijar obsesivamente en la región amenazas desmesuradas donde no las hay. Nuestros principales problemas siguen proviniendo del eclipse del imperio de la ley, de la debilidad institucional, de la falta de legitimidad política, de la ausencia de desarrollo económico y de la carencia de equidad social; fuentes de las que abrevan nuestras distintas violencias.
* Director, Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad de San Andrés (Argentina).
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