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UNP No.55
Título : A propósito de la eutanasia
Autor : Fernando Sánchez Torres
Sección: Sociedad
Fecha : Marzo 28 de 2004

A propósito de la eutanasia

Nuevamente se abre paso otra posibilidad de intervención médica: "ayudar a morir de vez en cuando" a los pacientes en estado terminal. Una controversia ética, e incluso moral, inaplazable.

Fernando Sánchez Torres*

Ya era tiempo de que el Congreso de la República manifestara interés por el tema de la eutanasia. Como es sabido, desde 1997 la Corte Constitucional en una controvertida sentencia exhortó al Congreso "para que en el tiempo más breve posible, y conforme a los principios constitucionales y a elementales consideraciones de humanidad, regule el tema de la muerte digna". Siendo así, se estaba en mora de dar cumplimiento a dicha disposición, que dio vía libre a la práctica de la eutanasia a manos de los médicos, condicionada a que se trate de enfermos terminales en pleno uso de razón, que padezcan intensos dolores y que hayan solicitado al facultativo tratante que intervenga para ponerle fin al sufrimiento.

En su momento, es decir, hace siete años, la sentencia, como era de esperar, suscitó ardorosas reacciones, en contra unas, a favor otras. Ahora, cuando se revive el tema, es seguro que vuelva a alborotarse el cotarro. Por eso vale la pena escribir algo acerca de la posición de los médicos frente al problema de los pacientes en estado terminal.

Consideramos como "paciente terminal" a la persona que presumiblemente fallezca en un futuro cercano, como consecuencia de enfermedad o lesión grave con diagnóstico cierto y sin posibilidad de tratamiento curativo. Tal circunstancia puede presentarse en pacientes de cualquier edad. Por lo anterior, el concurso que la medicina debe prestar en estos casos es simplemente sintomático, en procura de aliviar el dolor y la angustia que acompañan a quien se encuentra en la antesala de la muerte. Es aquí donde tiene cabida el papel humanitario del médico, bellamente condensado en una frase que dos clínicos franceses, Berard y Gubler, pusieron en circulación en 1880: "Curar a veces, aliviar con frecuencia, consolar siempre". En los tiempos que corren viene abriéndose paso otra posibilidad de intervención médica: "ayudar a morir de vez en cuando", que es, precisamente, lo que ha autorizado la Corte Constitucional y debe reglamentar el Congreso.

Autonomía para morir

Esta licencia legal aparenta reñir con los principios morales que regulan el ejercicio de la Medicina. En particular, el juramento hipocrático establece en una de sus cláusulas que no es lícito dar a nadie, aunque lo pida, ningún fármaco letal, ni se le hará semejante sugerencia. Entre nosotros, la Ley 23 de 1981 o Código de Ética Médica, consignó en su Declaración de Principios que el respeto por la vida y los fueros de la persona constituyen la esencia espiritual de la profesión médica. A instancias de la Academia Nacional de Medicina, el Instituto Colombiano de Estudios Bioéticos elaboró unas pautas de manejo del paciente en estado terminal, las cuales fueron aprobadas el 18 de abril de 2002, que condensan el pensamiento del cuerpo médico vinculado a la Academia.

Es deber del médico determinar qué tipo de atención iniciar, mantener o suspender, de común acuerdo con los otros profesionales del equipo asistencial. Por supuesto que para ello se requiere el consentimiento del enfermo, previa información veraz y oportuna. Dado que las llamadas medidas "heroicas" o "extraordinarias", que suelen ser muy especializadas y costosas -suministradas generalmente en una unidad de cuidados intensivos-, no tienen cabida en el manejo del estado terminal, hacer uso de ellas configura la distanasia o entorpecimiento del proceso final de la enfermedad. Por lo mismo, están descalificadas médica y éticamente.

Se entiende por medidas ordinarias aquellas que sostienen la vida del paciente sin derivar en mejoría del estado terminal. Los líquidos y los alimentos por cualquier vía, el oxígeno, la sonda vesical, las vitaminas, son algunas, que en los estados terminales no pueden considerarse como "tratamiento médico". Si el paciente está consciente y solicita a su médico que no le hagan nada, este debe atender lo pedido. El facultativo, entonces, está autorizado éticamente para utilizar los agentes sedantes, en dosis suficientes para suprimir el desasosiego y la angustia. Cuando se trata de pacientes inconscientes o infantes, deberá solicitarse el consentimiento de los familiares, y de un juez o un tribunal, cuando no pueda llegarse a un consenso con estos.

Cuando el enfermo ha sido desahuciado por la ciencia, no es obligación moral del médico empeñarse en diferir la muerte. Su papel correcto es aliviar el curso de la enfermedad (cuidados paliativos), si así lo ha aceptado el paciente.

Respecto a la eutanasia, el documento de la Academia de Medicina dice: "Si el paciente, haciendo uso de su autonomía, solicita a su médico que le ponga fin al curso de la enfermedad terminal, este tendrá en cuenta las normas de moral objetiva establecidas por la sociedad, pero, en especial, los dictados de su conciencia". Algo también importante: en caso de que el facultativo no esté de acuerdo con la solicitud del paciente y este insista en ella, deberá -haciendo uso de la objeción de conciencia, es decir, de su autonomía- declinar la responsabilidad de su atención y ponerlo en manos de otro médico.
Hasta aquí las pautas de manejo recomendadas por la Academia, a las que yo, sin comprometer a individuos o instituciones, agrego a título propio algunos comentarios. El proceso de la muerte es algo personal e intransferible. Así como cada quien vive su propia vida, también muere su propia muerte. Sin embargo, esa autopropiedad es ficticia en alto grado para los adeptos de las religiones que han establecido como dogma que la vida le pertenece a Dios y que solo él puede disponer de ella cuando a bien tenga. Tal supuesto ha generado uno de los conflictos que enfrenta la ética actual: por sustentarse esta en el principio moral de autonomía, al aceptarse la tesis de la dependencia teologal, ese principio pierde su vigencia, como que la autodeterminación de la persona queda sujeta a coacciones externas o, si se quiere, a coacciones inducidas desde el campo religioso.

La ética de la muerte

La práctica de la eutanasia a manos de los médicos se daría a condición de que se trate de enfermos terminales.
Fotografía Guillermo Flórez

Es cierto que a los discípulos de Hipócrates se nos identifica como los luchadores contra la muerte, como los cruzados por la vida, mas no por eso estamos obligados a considerar siempre la llegada de "la que se nos lleva definitivamente (sic)" como una humillante derrota. Al contrario, hay ocasiones en que debemos mirar con simpatía ese advenimiento, complacernos porque la muerte haya sido la victoriosa. Pero, ¿cuáles son esas ocasiones? Se me ocurre que la respuesta puede encontrarse en un pasaje del Antiguo Testamento, más exactamente, en el Eclesiastés. Allí se lee: "¡Oh muerte! Tu sentencia es dulce al hombre necesitado y falto de fuerzas, al de una edad ya decrépita, y al que se halla sin esperanza de mejorar, y a quien falta la paciencia".

Desde hace algunos años ha venido debatiéndose en varios países de cultura avanzada la conveniencia de permitir a los médicos que ayuden a sus pacientes a morir pronto y apaciblemente, ahorrándoles una agonía lenta, dolorosa, indigna. Unos pocos han incluido en su legislación dicha autorización, sujeta, claro está, a requisitos particulares. De esa forma se busca que el médico, según su leal saber y entender, cumpla su papel de manera autónoma, respaldado por la sociedad. Tal política, no obstante reñir en apariencia con los principios éticos tradicionales, irá abriéndose paso y quizás llegue a adoptarse con carácter general en los primeros decenios del milenio que estamos comenzando a vivir.

*Médico y presidente del Instituto Colombiano de Estudios Bioéticos.