Alejo Vargas Velásquez
Profesor Titular Universidad Nacional de Colombia
Cuando se tiene una gran admiración intelectual y personal por alguien, y adicionalmente esa persona ha sido un gran creador de ideas, de iniciativas y de controversias, no es fácil escribir sobre él. Eso es lo que me sucede cuando me enfrento a ese desafío con el maestro Eduardo Umaña Luna. En este escrito quiero resaltar la faceta más importante de su vida, sin duda, la académica, porque él fue por encima de todo un hombre de universidad, es decir, un generador de ideas, un polemista y un gran crítico, y un eterno desconfiado de las posiciones dogmáticas: “el dogmatismo es la negación de toda inteligencia”, afirmaba.
Su relación con la Universidad Nacional fue integral: comenzó sus estudios en la Facultad de Ingeniería y luego solicitó su traslado a la Facultad de Derecho, en la cual realizó inicialmente un año en el Instituto de Ciencias Económicas –dependiente de la misma–. Estudió hasta tercer año de derecho en la Facultad y terminó su carrera en la Universidad Externado de Colombia. Él consideraba que los maestros universitarios que más influyeron en su formación fueron Gerardo Molina, Antonio García y Luis Carlos Pérez.
En la Universidad Libre fue decano de Ciencias de la Educación y Rector y se vincula a la Universidad Nacional con la creación de la Facultad de Sociología, iniciativa del maestro Orlando Fals Borda, acompañado de ilustres profesores como Camilo Torres Restrepo, Virginia Gutiérrez de Pineda y con la presencia dinámica en la secretaría de la Facultad de Óscar Delgado. Su primera cátedra paradójicamente no fue en el campo del derecho, sino en el de la sociología política, y en ello hay que destacar justamente al jurista integral que era –abogado por formación y sociólogo por vocación-, que entendía la importancia del diálogo del derecho con otras disciplinas de las ciencias sociales.
Tuvo siempre a flor de piel una fina ironía, por ello cuando se definía a sí mismo en relación con su no militancia política en organizaciones de izquierda decía: “No me gustaba el dogmatismo, yo me quedé en esa área que llaman los marxólogos, que conocen algo de marxismo sin ser militantes marxistas, así como hay militantes marxistas que no saben marxismo y no son marxólogos”.
Pero igualmente por ello se reivindicaba en todo momento como un rebelde, como un crítico: “Yo toda la vida he sido más bien un observador, un soldado sin jefes, un francotirador, no he sido un subversivo sencillamente porque no he encontrado la calidad de subversivo, lo que he sido más es un rebelde, un rebelde con justa causa y pienso seguirlo siendo así hasta que me muera, porque, ¿por qué he de cambiar?”.
Acerca de la Universidad, la que consideró siempre su casa, su hogar, tenía ideas muy precisas: “La universidad no podrá servir de transmisora de la ideología de las clases explotadoras, tampoco ser un campo abierto para el desorden, la anarquía, el popularismo y la demagogia. Su tarea vital es como investigadora de la realidad colombiana, creadora del conocimiento adecuado a la solución de la actual tragedia nacional, irradiadora de la más rigurosa ética social, como quien dice, vocera de una conciencia colectiva dirigida hacia una pronta conquista de la libertad real”.
Y, por supuesto, siempre concibió a la Universidad pensando, estudiando y debatiendo los problemas nacionales. A propósito de por qué se había creado la primera comisión de estudios de la violencia liberal-conservadora de mediados del siglo XX, anotaba: “Es que enfocar el país desde el punto de vista universitario sin enfocar el mayor de sus problemas que es la violencia, ¿qué hace la Universidad? Nada, entonces tuvieron que enfocar el mayor de sus problemas…”.
Y en esa misma dirección, el maestro Umaña siempre se proyectó en su actividad como académico hacia la sociedad y sus problemas; formó parte de la Comisión que trató de mediar en el tema de Marquetalia, antes de que se produjera el operativo militar. Al respecto nos recuerda: ”El somero recuento de este aspecto se basa en la Comisión de Estudio sobre el problema de Marquetalia. Se integró así: a) Sacerdotes: Camilo Torres Restrepo, Gustavo Pérez y Germán Guzmán; b) Civiles: Gerardo Molina, Orlando Fals Borda, Hernando Garavito Muñoz y Eduardo Umaña Luna.
El 24 de abril, el Ministro de Guerra se mantiene de acuerdo con la acción de la Comisión; sin embargo, el general Rebéiz Pizarro rechaza la intervención de Hernando Garavito Muñoz.
Se autoriza el encuentro con la Comisión de los Delegados de las Guerrillas, en Colombia (Huila). El 30 de abril, el cardenal hace saber que solo admitirá la intervención de sacerdotes pertenecientes al clero castrense. Ante tal situación, la Comisión desiste de su acción. Después, el 13 y 14 de mayo vendrá la ocupación militar del área…”.
Es muy importante recordar el paso fugaz del Maestro Umaña por la política partidista como representante a la Cámara por el MRL. Con la ironía característica afirmaba: “A mí me regaló esa chanfa el doctor Alfonso López Michelsen…”. Y como parlamentario, una de sus actuaciones importantes fue la de ponente del proyecto de ley “por el cual se aprueban los Pactos Internacionales de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, así como el Protocolo Facultativo de este último, aprobados por la Asamblea General de las Naciones Unidas en votación unánime, en Nueva York, el 16 de diciembre de 1966”.
Algunos apartes de la ponencia presentada argumentaba: “El protocolo, como ya lo anoté, es derivado de los pactos antes aludidos, se mantiene dentro de la línea de acción de los anteriores y, tal vez, busca dar operatoria a la escala de valores contenidos en los primeros.
“En conclusión, el tratado multinacional sobre derechos económicos, sociales y culturales, a más de las materias civiles y políticas, encierra la filosofía de valores, ojalá algún día realizable en nuestro mundo, mientras que el protocolo es el inclusivo de la forma operacional de algunos de los posibles desarrollos de los conceptos básicos anteriores.
“Impertinente necedad implicaría para el Parlamento colombiano entrar en contradicción con documentos tan definidos para el afianzamiento de las normas elementales en pro de una humanidad menos atormentada y castigada que la actual. Y como Colombia, según se dice, no es tierra de necios, sus voceros populares, así sea en nuestra democracia meramente formal, deberán aprobar estos pactos que, de paso, si se aplicaran al desarrollar la ley positiva colombiana, indudablemente iniciarían lo que podría llamarse una verdadera etapa de transformación.” La Ley 74 de 1968, previa aprobación unánime por el Congreso, acogía positivamente esta normatividad.
Y para reafirmar ese carácter independiente y crítico que siempre lo caracterizó afirmaba: “Mi conciencia no la compra nadie, por nada y por ningún motivo”.
Carta universitaria
Videoespecial

Publicación de la Unidad de Medios de Comunicación -Unimedios- de la Universidad Nacional de Colombia.