
Nereo es uno de los grandes hombres de Colombia, que ha vivido la obstinada experiencia de ocultarse siempre detrás de una lente. Su padre buscó para sus hijos nombres de origen griego: Aracelit y Bertita, son las mujeres, y Nereo, el varón.
Ciro Alfonso Quiroz Otero,
Facultad de Derecho
Universidad Nacional de Colombia
Huérfano de padre y madre a temprana edad, Nereo López fue internado en el seminario. Hastiado allí de tanto rezar se fugó con un compañero y fue a esconderse en Barranquilla. Corría el año de 1938. Se ocupó como portero de un cine-teatro y se aficionó a todo lo relacionado con el celuloide, hasta el punto de que llegó a ocupar el cargo de director seccional de Cine Colombia en Barrancabermeja, donde un pariente le enseñó la magia del revelado y las audacias de la imagen, valiéndose de platos de peltre ante la carencia de bandejas especiales, debido a la crisis de la Segunda Guerra Mundial.
Estudió fotografía por correspondencia en el New Royal y viajó a Nueva York, donde presentó su examen.
En 1952 fue jefe de fotógrafos de Cromos. En esa época vivió en un apartamento ubicado en la calle 20 con carrera 13, en Bogotá, un sector de bares y prostíbulos. Esa circunstancia le dio el privilegio de conocer los inicios matutinos y bulliciosos que dieron volteretas a la dictadura del General Rojas Pinilla.
Para cumplir con su oficio era asistido por Gabriel Sevilla, apodado Sevillita debido a su descarnada figura, y con él detrás, tomó las primeras placas a los estudiantes revoltosos, antes de la llegada de las autoridades policiales, hecho que se convirtió en una primicia de Cromos; las fotografías se salvaron de carambola porque los rollos los guardaba su acompañante, con lo que se evitó su decomiso por los sabuesos al servicio de la dictadura Rojista.
Pura casualidad
Nereo, que había sido amigo de infancia de Manuel Zapata Olivella en Cartagena, recibió un día una carta del médico originada en la Paz, Cesar. Lo invitaba a participar en un reportaje gráfico sobre unos músicos de acordeón que ejecutaban sus melodías usando guacharaca y tambor, cuyas letras narraban con humor los sucesos de la comarca. Todo el conjunto con su embrujo tocaba “como por arte de magia”, según decía la nota de Zapata.
Manuel, el andariego, llevaba poco tiempo residiendo en ese pueblo próximo a las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta. Iba de paso para Venezuela en busca de trabajo pero se detuvo allí, en averiguación de su parentela Olivella, que él desconocía. Se tropezó en la búsqueda con Pedro Olivella, quien lo alojó en su casa. Le montó un consultorio improvisado y rudimentario, lo presentó a familiares y amigos y, como el pueblo carecía de médico, se quedó allí.
Inquieto desde su época de estudiante llegó al sitio no imaginado para desplazarse como pez en el agua, en esta población de gente étnicamente homogénea, atávica e integrada a sus valores culturales por obra de parentescos y aislamientos territoriales.
Allí, Manuel conoció a Rafael Escalona en casa de María Calderón, único sitio donde vendían cerveza fría con el inconveniente del viejo y destartalado enfriador, que unas veces enfriaba y otras no. Los sedientos clientes debían conformase con la mala noticia de la propietaria, que les decía con cara de desazón: “el aparato no quiso colaborar”.
Rafael frecuentaba esta población cabecera de la municipalidad de Robles, ubicada en la prolongación mediterránea del Caribe Colombiano, cuando andaba en busca de los amores de “La Maye”, Marina Arzuaga, su novia de estudiante y su esposa después, sobrina de Miguel Canales, uno de sus amigos favoritos de parranda y alcahueterías.
En esos años deambulaba Gabriel García Márquez por la provincia de Valledupar, como vendedor de enciclopedias, trajinando por una región paradójicamente analfabeta. Acosado por la abulia y los apremios económicos propios de las malas ventas, García Márquez tuvo noticias de Manuel Zapata, a quien lo ligaba la juvenil amistad de su época de estudiante inconcluso en la escuela de Derecho de la Universidad Nacional de Colombia.
Así se completó el trío de amigos a quienes no les faltaría el esquema gastro–intelectual del sancocho, convocatoria colectiva que se prestaba para la risa, el humor y hasta para el debate de los temas políticos de nuestro país. Estaban juntos y el fotógrafo Nereo no perdió la oportunidad de plasmar en esas primeras tomas aquellas parrandas remotas prolongadas hasta altas horas de la noche, para lo cual retaba la luz del sol con musical desafío, patrocinadas por los cantos de Escalona, repletos de personajes y sucesos reales que nacían unos detrás de otros.
Un trío de cuatro
Al lado de Rafael, los imborrables recitales eran cantados con guitarras y acordeones, con la fragancia de una juventud galante porque vivía su mejor época de repentista u oralista, narrando cuanto acontecimiento llegara a su memoria, episodios a los cuales ponía letra y melodía, difundiéndolos todos a manera de noticia.
En esa estancia, al compositor se le había metido en la cabeza imitar a los cow boys norteamericanos, sombrero de fieltro, cinturón ancho y atezado por vistosa hebilla, a la que no podía faltar el símbolo de la herradura y unas botas altas con sonoras e incisivas espuelas. Además, llevaba una pistola en el cinto. Zapata y Nereo no perdían oportunidad de hostigar a Escalona por llevar tan extraña indumentaria, mofándose de él. Lo molestaron tanto que Escalona optó por abandonar esa costumbre.
No tardó García Márquez en empezar a escribir sus crónicas, como si se tratara de textos de paseos y merengues. A veces se trenzaba en prolongados debates, inclusive por el solo cambio del nombre de un canto cualquiera de Escalona.
Nereo, con su lente, fue captando a fuerza de emociones y casualidades los registros de esa época, sin imaginar que con ellos estaba haciendo uno de los más vistosos legados para la historia. Esas fotografías nos devuelven ahora a las escenas y a la manera como se fue consolidando esta música, llamada vallenato, con su diversidad de melodías y ritmos: son, paseo, merengue, y puya, con protagonistas memorables de carne y hueso, que narraban todas sus ocurrencias, con la trayectoria de personajes regados y recogidos en todo lo largo y ancho de la comarca, que fue hasta hace poco el extenso territorio del departamento del Magdalena, del cual nacieron Cesar y La Guajira.
Una vida agitada encontró Nereo en la provincia de Valledupar y en La Guajira, por obra de cantos, acordeones y trago que no le dieron tiempo siquiera para estampar su propia imagen dentro del recorrido suyo de rotundo vagabundo, en esas tierras, cuando por obstinación propia logró retratar ese mundo de aventuras imaginables que no será posible volver a vivir.
Después de estas correrías por tierras de los instrumentos de fuelles y lengüetas libres, al lado del pintor Enrique Grau y del escritor Álvaro Cepeda Samudio, Nereo hizo parte del equipo de filmación del cortometraje “La langosta azul”, experimento de voluntad artística e intelectual, animado sólo por la vocación de materializar la sensación de ver en movimiento las imágenes de una creación propia, que Tita, la viuda de Cepeda, guarda con celoso afecto.
Y el hombre que ha hecho magia con su lente para recoger bellas estampas de personajes de nuestra historia y nuestro folclor, evoca gráficamente las travesuras de la niñez, cuando de pantalones cortos recorría las calles de su Cartagena natal, con el mamagallismo a la usanza de sus compañeros a cuestas y aquella frase que aún penetra sus oídos: ¡Nereo!…¡Nereo!... ¿dónde estás que no te veo?
Aquí esta la obra del hombre que ha extraído de sus archivos el pasado hechos imágenes, sobre una época de acordeones, de parrandas y parranderos y de cantores que no van a olvidarse en caminos, galleras y cumbiambas. Momentos de cuando nuestra música empezaba a posicionarse como expresión social y cultural de una región apegada a sus valores y si ahora podemos ver e imaginar mejor su gesta musical, se debe a la acuciosidad de la cámara fotográfica de Nereo, que por inquieta, revela hoy los secretos que escondió por muchos años como autor y como partícipe de estas trasnochadoras andanzas.
Carta universitaria
Videoespecial

Publicación de la Unidad de Medios de Comunicación -Unimedios- de la Universidad Nacional de Colombia.