Presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, y la ministra del Medio Ambiente, Marina Silva, quien renunció inesperadamente el pasado 13 de Mayo de 2008.

AFP

 

 

 

La elección amazónica de Brasil

Sue Brandford, coeditora de Seeding y reportera frecuente de BBC y The Guardian, sostiene que la renuncia de la ministra brasilera del Medio Ambiente revela el balance de poder del gobierno del presidente Lula sobre las políticas de la región amazónica.

Sue Brandford,
Open Democracy

La inesperada renuncia, el 13 de Mayo de 2008, de la internacionalmente reconocida ministra de Medio Ambiente de Brasil, Marina Silva, es una dramática demostración del poder de la facción de los “desarrollistas” dentro del gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva. Es posible que el gobierno se mueva rápidamente a construir más autopistas y centrales hidroeléctricas dentro de la región amazónica, facilitando el acceso a negocios de la agroindustria y a compañías mineras.

Para Marina Silva el momento de la dimisión no lo era para andarse con rodeos. Por ello, en su carta de renuncia, la cual fue distribuida a la prensa antes de que hubiese recibido respuesta del Presidente Lula, ella habló de la “creciente resistencia que enfrentó mi equipo de importantes sectores del gobierno y de la sociedad” y de las “dificultades” que ella había venido experimentando desde hacía algún tiempo en la implementación de las políticas ambientales del gobierno federal”. Este mensaje no pudo haber sido más claro: Marina Silva, por mucho tiempo una voz aislada dentro del pro-desarrollista gabinete federal, sintió que, finalmente, perdió la batalla sobre las políticas ambientales.

Para la ministra, la gota que rebosó la copa fue la decisión del Presidente Lula de no darle la responsabilidad sobre el más reciente plan para la región amazónica, el Plan Amazonia Sostenible, PAS. Lula optó por poner este proyecto en las manos de Roberto Mangabeira Unger, el ministro educado en Harvard que está a cargo de la planeación a largo plazo, una decisión tomada en el último minuto y, según se reporta, en respuesta a la presión del gobernador del Estado de Mato Grosso y uno de los más grandes cultivadores de soya del mundo.

Mangabeira fue objeto de burlas por parte de ambientalistas cuando, a principios de 2008, propuso transferir agua de la cuenca del Amazonas a las tierras desérticas del noroeste de Brasil. Con esta propuesta afirmó que tenía sentido unir “una región donde hay una abundancia inútil de agua con otra donde hay una desastrosa falta de agua”, ignorando por completo la dependencia que tienen los peces, plantas y personas de la inundación anual del río.

Una hija del Amazonas

Marina Silva, en contraste, tiene un profundo conocimiento de la selva y de su gente. Ella creció en una familia de trabajadores del caucho, en un área remota de la cuenca del Amazonas, y fue incorporada a la política por Chico Mendes, un líder de los trabajadores del caucho asesinado en 1988. Ella tuvo una carrera meteórica: a los 36 años fue elegida senadora del Partido de los Trabajadores (al que pertenece Lula), convirtiéndose en la persona más joven en la historia de Brasil en ser elegida para este cargo. A pesar del tiempo que se vio obligada a permanecer en Brasilia, ella nunca perdió el contacto con el Amazonas.

Cuando se enteró de su renuncia, Herculano Porto, un hombre de una pequeña comunidad de habitantes tradicionales de la selva, que recientemente ganó una larga y violenta batalla contra un terrateniente sobre la propiedad de su tierra, comentó entre lágrimas: “ella siempre llevó la región en su corazón. Ella sintió un gran afecto por todos los pescadores del Amazonas. Y yo le debo mi vida a ella, porque ella envió a la policía a protegernos en la parte más fuerte del conflicto”.

Marina Silva, nombrada ministra de Medio Ambiente al principio del primer gobierno de Lula, después de su victoria electoral de octubre de 2002, luchó por cambiar la política gubernamental. Ella argumentaba que Brasil obtendría un desarrollo social y económico duradero sólo si trabajaba con y no contra el ambiente; como resultado, ella trató de implementar una política de “transversalidad”, mediante la cual buscaba construir consideraciones ambientales en todos los frentes de acción política. A pesar de que Lula sentía gran simpatía personal y respeto por la ministra, nunca tomó muy en serio sus puntos de vista. De hecho, Lula nunca ha demostrado mucho interés en el medio ambiente. Desde que asumió la Presidencia, su meta primordial ha sido el crecimiento económico acelerado, a casi cualquier costo ambiental. Se ha aliado de manera cercana con grandes terratenientes por su importancia en el fomento de la producción de los principales productos agrícolas de exportación del Brasil, particularmente carne, soya y azúcar. En más de una ocasión se ha referido a las preocupaciones ambientales de Marina como “un obstáculo burocrático”.

Un impulso contenido

Marina Silva perdió muchas batallas. No logró evitar que Lula levantara la prohibición sobre organismos genéticamente modificados. No pudo impedir que el gobierno autorizara la construcción de dos grandes centrales hidroeléctricas en el oeste de la cuenca del Amazonas. Pero también obtuvo algunos éxitos. Quizás el más importante vino después de que las imágenes satelitales mostraron que una gran área de selva amazónica había sido arrasada entre el 2003 y el 2004 –27.426 kilómetros cuadrados, la segunda mayor área deforestada en un solo año–. En febrero de 2005, poco tiempo después de que estas cifras se anunciaron, un terrateniente asesinó a Dorothy Stang, una monja estadounidense. El terrateniente estaba enfurecido por las repetidas denuncias de la monja ante las autoridades acerca de sus intentos violentos de desterrar a los habitantes de la selva.

El asesinato fue ampliamente reportado en la prensa internacional. Lula, avergonzado, aceptó enviar la Policía Federal a detener las deforestaciones ilegales y crear la unidad de conservación por la cual Dorothy Stang venía haciendo campaña. Se instauraron entonces una serie de reservas forestales.

En su carta de renuncia, Marina dice que estas unidades, muchas de las cuales pueden ser habitadas por pequeñas comunidades de pescadores y familias campesinas, fueron uno de sus logros más importantes. Unidas estas reservas cubren un impresionante área de casi 24 millones de hectáreas (240.000 kilómetros cuadrados).

La tasa de deforestación cayó durante tres años consecutivos. Parecía que el implacable frente de leñadores, criadores de ganado y cultivadores de soya abriéndose camino hacia la cuenca del Amazonas estaba finalmente siendo detenido o por lo menos había disminuido su velocidad. Pero luego la fiebre del biocombustible infectó al mundo. Lula se excitó con la posibilidad de convertir a Brasil en uno de los exportadores líderes de etanol hecho de caña de azúcar (ver “Brasil, Los Estados Unidos y el Etanol”, Rodrigo Almeida, 30 de marzo de 2007). Con la economía de Brasil emergiendo de años de estancamiento, él también comenzó a soñar con un largo período de expansión económica.

De esta manera su gobierno se embarcó en un gran proyecto de inversión, llamado el Programa Acelerado de Crecimiento, PAC. El PAC forma parte de un mayor programa suramericano, llamado “Iniciativa Para la Integración Regional de la Infraestructura Suramericana”. Este consiste en 350 proyectos, algunos de los cuales requieren altas inversiones en las áreas del transporte, energía y comunicaciones. En 2007 los ambientalistas advirtieron que no menos de 322 áreas de gran importancia por su biodiversidad serían amenazadas por las carreteras, centrales hidroeléctricas, puertos y gasoductos que se construirá el PAC. Marina solicitó la creación de más unidades de conservación para proteger ecosistemas vulnerables, y redactó el Plan Amazonia Sostenible, PAS, teniendo esto en cuenta.

Es significativo que, justo antes de entregar el PAS a Mangabeira, Lula retiró su apoyo a otra unidad de conservación –una reserva para habitantes de la selva a lo largo del Río Xingu– porque esta podría obstaculizar la creación posterior de centrales hidroeléctricas. Esta decisión sería el primer punto candente en el panorama político posterior a la renuncia de la ministra Marina. Las presas requeridas afectarán a diecinueve grupos indígenas.

En 1989 una gran reunión de indígenas y pobladores ribereños, también en Altamira, rechazaron el plan gubernamental para construir un proyecto similar. El encuentro, al que asistieron seguidores como Swing y Anita Roddick, fue ampliamente reportado en la prensa internacional. Como resultado, el Banco Mundial canceló un préstamo y los planes fueron archivados. Ahora un esquema revisado de este plan está de nuevo en la agenda, incluyendo la construcción de Belo Monte, la cual sería la tercera presa más grande del mundo.

Una apuesta peligrosa

Desde una perspectiva global, los peligros inherentes a este proyecto son mucho más evidentes de lo que eran hace diecinueve años. Hoy se sabe mucho más acerca del rol de la cuenca del Amazonas en el funcionamiento del clima mundial. Los científicos han demostrado que la selva actúa como un gigante consumidor de calor, absorbiendo la mitad de la energía solar que recibe a través de la evaporación de agua desde sus hojas. Cuando se daña con deforestación, fuego o sequía, la selva libera carbono, contribuyendo a la acumulación de gases invernadero, que son la causa del calentamiento global.

Si las tendencias actuales de deforestación continúan, más de la mitad de la selva del Amazonas desaparecerá o estará severamente dañada en el 2030. Si esto sucede, alrededor de 20 billones de toneladas de carbono serán liberadas a la atmósfera, lo que equivale al monto de emisiones totales de carbono del mundo entero en un año. A pesar de que es verdad que las técnicas de la ingeniería moderna reducen el daño ambiental directo causado por las centrales hidroeléctricas, ha sido demostrado repetidas veces que traer energía y carreteras a una región despierta una explosión caótica de desarrollo que lleva a extender la destrucción ambiental.

Con el crecimiento de la conciencia en todo el mundo acerca de la escala de la crisis ambiental que se avecina, no tiene ningún sentido asumir una apuesta tan arriesgada. Debe ser más fácil prevenir un gran incremento en las emisiones de carbono que secuestrar el carbono una vez liberado en la atmósfera. Tardíamente, la comunidad internacional está tomando acción. Carlos Minc, un cofundador del Partido Verde de Brasil, quien fue designado como nuevo ministro de Medio Ambiente horas después de que la renuncia de Marina Silva fue dada a conocer, dijo en su primera conferencia de prensa que él espera recibir, en un corto plazo, $234 millones de dólares de instituciones financieras y organizaciones no gubernamentales, para establecer más unidades de conservación en el Amazonas.

Estos fondos, sin embargo, tendrían sentido solamente si el dinero se usara para proteger las vidas de los grupos de indígenas y pobladores ribereños que planean reunirse en Altamira. Si el dinero se destina para personas como Roberto Mangabeira Unger, hay un serio riesgo de que termine financiando otro proyecto sin fundamento y la cuenca del Amazonas ya está repleta de ellos, desde Fordlandia, la gigante plantación de caucho establecida por el magnate Henry Ford en los años 20, hasta la Autopista Transamazónica de 3000 kilómetros construida por los militares en 1970.

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