
AFP
1 Pasquino, Gianfranco, “Revolución” en Bobbio, N. y Matteucci, N., Diccionario de política, Vol, 2 , México, Siglo XXI Editores, 1986, p. 1458.
2 Ibid, p. 1460.
3 Hirschman, Albert O., Retóricas de la intransigencia, México, Fondo de Cultura Económica, 1991, p. 20.
4 Popper, Karl, The Open Society and its Enemies, Volume 1, Plato, London, Routledge, 1966, p. 4; Bobbio, Norberto, El futuro de la democracia, México, F. C. E., 1989, p. 31.
Este artículo plantea una crítica al concepto de revolución política en el contexto de una democracia constitucional. Este concepto, especialmente en el caso de la cultura política de la izquierda latinoamericana mayoritaria, se mantiene como un referente discursivo e identitario de primer orden y, a la vez, como una idea sumamente difusa que permite la justificación, en el mejor de los casos, y el encomio en algunos otros, de acciones violentas o rupturistas contra el orden democrático.
Jesús Rodríguez Zepeda,
Profesor Departamento de Filosofía de la
Universidad Autónoma Metropolitana, México
Gianfranco Pasquino, en la entrada Revolución del Diccionario de política de Bobbio y Matteucci, ofrece una definición precisa del término revolución: “… es una tentativa acompañada del uso de la violencia de derribar a las autoridades políticas existentes y de sustituirlas con el fin de efectuar profundos cambios en las relaciones políticas, en el ordenamiento jurídico constitucional y en la esfera socioeconómica.”1
Tales “profundos cambios” han de ser entendidos como modificaciones de la estructura social, lo que permite distinguir a la revolución de, digamos, la revuelta o la rebelión, que son formas más localizadas de violencia.
Esta definición que pone el acento en el carácter a la vez violento y estructural de la revolución puede ser calificada de “técnica”, pues se trata de una acepción que pretende aprehender o captar la diferencia específica que individualiza al objeto en cuestión. Esto queda más claro cuando usamos el adjetivo política para caracterizar al sustantivo revolución.
Pero es necesario distinguir entre, al menos, dos sentidos circulantes a propósito de la noción de revolución. El mismo Pasquino dice que el significado político de revolución es relativamente reciente, al grado de no aparecer en las obras de Platón, Aristóteles, Polibio Tácito o Maquiavelo, pues en todos ellas se usa el término para designar algo en la política similar al “… lento, regular y cíclico movimiento de las estrellas…” 2, es decir, una suerte de restauración de un estado original de cosas o el cumplimiento de un ciclo predeterminado. En esta idea antigua, los elementos de violencia y cambio estructural, desde luego, no son determinantes. Esta manera de entender la revolución es, sin embargo, altamente significativa, pues apunta a la construcción del sentido lato o difuso del término.
Sólo será con la Revolución Francesa de 1789, que el término revolución adquirirá su sentido contemporáneo de “creación de un orden nuevo”, a veces ex nihilo, y de garantía de la libertad y felicidad del pueblo. La revolución, en el imaginario colectivo de las sociedades occidentales, llegó a significar un proceso de mejora radical y súbita de un estado de cosas, un sinónimo del cambio deseable para cualquier realidad o entidad. Desde luego, el contenido de violencia que le supone la definición técnica contribuyó, en ciertos momentos, a esta valoración, pero ni siquiera puede considerarse su razón de fondo.
Revolución vs progreso
Más fuerte fue para esta acreditación la asociación de lo revolucionario con la idea de progreso. En efecto, el mundo moderno hizo de la idea de cambio, y más estrictamente, de la de progreso, la forma privilegiada de expresar la dinámica del mundo histórico. Con la Ilustración, perdió vigencia el supuesto de una historia circular y condenada a un eterno retorno (la definición antigua de revolución) y se acreditó la idea alternativa de un mundo en mejora constante (la idea moderna, aunque no necesariamente técnica, de revolución como cambio capaz de inaugurar un futuro inédito). El progreso humano sintetiza, así, el ideal ilustrado de lucha contra la tradición, la ignorancia, la superstición y la autocracia.
He dicho que la violencia en poco contribuyó a la acreditación positiva del adjetivo revolucionario en el mundo moderno. En efecto, la violencia de la revolución, cruda y destructiva, llegó a ser justificada sólo porque se le consideró como parte necesaria y hasta fatal de algunas versiones del progreso. Como dice Hirschman: “el espíritu de la Ilustración, con su fe en la marcha de la historia, había sobrevivido en apariencia a la Revolución, incluso entre sus críticos, a pesar del terror y otras desventuras. Podía uno deplorar los “excesos” de la Revolución, como los deploraba Constant, y sin embargo, seguir creyendo tanto en el designio fundamentalmente progresista de la historia como en que la Revolución era parte de él.” 3
Así, versiones modernas del progreso, marcadas por un optimismo histórico irredento, relativizaron el papel de la violencia revolucionaria hasta llegar a su justificación, sobre todo cuando se encarnó en autores que, como Hegel y Marx, ataron el sentido de su discurso teórico a una supuesta marcha objetiva y necesaria de la historia y de algún sujeto que la protagonizaba o habitaba.
Violencia revolucionaria
Como herencia ideológica del socialismo revolucionario de Marx y Engels, la izquierda comunista, en sus incontables avatares, mantuvo siempre una concepción positiva de la revolución política, al grado de concebirla como la única forma genuina de transformación social. En los países de Latinoamérica, los movimientos de independencia del Siglo XIX, y algunas revoluciones del Siglo XX, como la mexicana o la cubana, acreditaron socialmente la idea de revolución política y presentaron como justificado, y en ocasiones como deseable y necesario, el uso de la violencia revolucionaria.
Esto podría haber quedado en la historia predemocrática de tales países, como sucedió en Europa Occidental; sin embargo, un serio problema de coherencia aparece cuando, en el contexto de la democratización de estos mismos países en el último cuarto del Siglo XX, los actores políticos de izquierda, incluso muchos de los que se asumen como institucionales, confunden en su discurso el sentido lato y el sentido técnico de la revolución, ofreciendo una justificación, fundada en la ambigüedad que proviene de la imprecisión conceptual, de la acción o discurso de los grupos inclinados al uso de la violencia como mecanismo central del cambio social.
Como han señalado Bobbio o Popper, lo característico de la democracia es la negación de la violencia para la solución de los conflictos de poder.4 Si esto es así, la aceptación o validación del discurso de la revolución política como uno más de los supuestos discursos concurrentes al esquema pluralista de las democracias representativas, se convierte en una contradicción con las reglas mismas del sistema democrático.
Democracia y revolución política son antitéticas. Una niega a la otra como mecanismo para el cambio social y la elevación de gobernantes al poder. La pretensión de que el discurso de la revolución es tan legítimo como cualquier otro programa político de corte democrático y que, por ello, estaría amparado por el valor del pluralismo político, se revela como una defensa, embozada por el lenguaje mismo de la democracia, de un proyecto de subvertirla.
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Publicación de la Unidad de Medios de Comunicación -Unimedios- de la Universidad Nacional de Colombia.