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Política & Sociedad

¿Valió la pena ir a la mesa de conversaciones en La Habana?

Esta pregunta, formulada por la periodista Yineth Bedoya, en una reunión en la Conferencia Episcopal, abre el análisis de la experiencia de las víctimas que asistieron a La Habana. Su vivencia nos deja la gran lección de que somos un país capaz de cerrar heridas y pasar a otros proyectos de vida en un nuevo pacto ético de convivencia social.

, 13.12.2014Centro de Pensamiento y Seguimiento al Diálogo de Paz - Universidad Nacional de Colombia

En La Habana, las víctimas asumieron la audiencia ante la mesa de negociaciones con su verdad.

En un contexto de polarización como el que vive el país frente al proceso de paz, las víctimas escogidas para ir a la mesa de conversaciones se convierten de manera ineluctable en un blanco fácil tanto de los amigos, beneficiarios, embriagados y gozosos de la guerra, como de los escépticos frente a las negociaciones.

Algunas han sido objeto de maltratos verbales, suspicacias, reproches, descalificaciones y amenazas por parte de aquellos que han configurado sus subjetividades sociales, políticas, ideológicas, culturales y axiológicas con las heridas y resentimientos profundos de la guerra, acumulados y transmitidos a lo largo de varias generaciones. También han estado a merced de algunos medios de comunicación irresponsables que hace rato deciden quienes son los buenos y los malos del país.

La mesa de negociaciones enfrentó fuertes presiones para recibir a hombres y mujeres que representan el universo de víctimas. Su aparición en el escenario de las negociaciones ha permitido afirmar que Colombia vive una experiencia novedosa en cuanto al lugar que ocupan, pues no existe otro proceso en el mundo en el que no solo se les escucha con respeto, sino que se acepta restablecerles sus derechos. De igual manera, se espera la aplicación de estándares internacionales para que ellas conozcan la verdad, se haga justicia, se practique la reparación y se le brinde a la sociedad garantías de no repetición.

Para algunas víctimas que han ido a La Habana, esta experiencia parte su vida en dos y es una vivencia de renacimiento personal y trascendencia, pues se opera una repentina ruptura con el odio y el resentimiento agazapados. Experimentan la liberación de emociones negativas que impedían la vida simple, la tranquilidad, el sosiego y hasta la celebración de los cumpleaños sin sentir culpa de los hechos.

Para otras, la experiencia las vuelve crédulas ante la negociación que se lleva a cabo. La seriedad y solemnidad del recinto así como la madurez con la que las delegaciones reciben y escuchan a las personas que han sobrevivido el horror, indican que no es una farsa, sino que estamos ante un evento histórico.

Otras quieren rodear el proceso de negociaciones, convertirse en agentes de paz y, por qué no, de reconciliación. Ellas, que han padecido la barbarie, sueñan con la llamada paz territorial. A muchas otras les ocurren las tres situaciones aquí expuestas, aunque también hay quienes simplemente quieren que se les deje tranquilas, pues necesitan pensar mejor lo ocurrido.

Por ello, toda la sociedad debe rechazar de manera enérgica que a su retorno se les vulnere con señalamientos, estigmatizaciones y discriminaciones. Una sociedad en la que una parte de sus conciudadanos ha sido martirizada, desterritorializada, vejada y exiliada, no puede permitir este tipo de conductas. Solo las víctimas y sus compañeros de delegación saben del valor y de la dignidad con que afrontaron estas audiencias.

Pareciera que el intenso dolor y el repudio sufrido en el pasado, que las convirtió en sospechosas de la desgracia -con la expresión “si les pasó algo, algo hicieron”- por haber sido afectadas por el lado oscuro del Estado y por la fase degradada de la insurgencia armada, fortalecen el carácter y engrandecen la dignidad.

En estas audiencias, las víctimas han puesto a pensar tanto a la delegación del Gobierno como a la de las FARC-EP. Estoy segura de que ellos tampoco, nunca más, serán los mismos, después de escuchar y saberse parte de las entrañas del mal, de la degradación humana y de la brutalidad de una guerra fratricida. 

Categorización de las víctimas 

Cuando los participantes de los foros que se organizaron con Naciones Unidas, y quienes han viajado a La Habana, rechazan jerarquizaciones sociales, que haya víctimas más importantes que otras o que en el contexto de la actual negociación unas sean más “visibles” que otras, lo que quieren decir es que ante el dolor y la devastación que han vivido se sienten iguales.

Resulta paradójico que un conflicto armado, en el que una de las partes se justifica en la existencia de asimetrías entre clases sociales, en el desigual reparto del poder político y en la tenencia de la tierra por parte de latifundistas en contra del campesinado, y la otra se enfoca en la defensa de los intereses supremos del orden del Estado, haya logrado igualar a los afectados desde el dolor, el trauma cultural y las pérdidas de seres queridos, de bienes materiales y simbólicos.

No obstante, el clasismo de la sociedad colombiana, presente en todas las situaciones cotidianas, quiere jerarquizar hasta el dolor. Es así como encontramos voceros que hablan de víctimas importantes, visibles, de peso, y de otras con poca importancia, blandas o arrodilladas. Las que fueron a La Habana no comparten este discurso, que envilece nuestra humanidad compartida; por eso es ética y moralmente reprochable. 

Lecciones para la sociedad 

Las víctimas que han ido a La Habana molestan a aquellos que bloquean el proceso de paz o a sus antiguos aliados, porque han hablado con voz propia. Veníamos de un esquema en el cual hablaban por ellas los victimarios, sus organizaciones o sus abogados defensores. Pero esta vez ellas asumieron la audiencia ante la mesa de negociaciones sin libretos, con su verdad, sus convicciones profundas, sus estilos políticos, religiosos y regionales. Y aunque algunas sean acusadas de no ser representantes y de no tener vocería, nadie negaría que todas, sin excepción, representan hechos victimizantes de enorme gravedad.

Con pocas excepciones, la mayoría acepta que este largo conflicto armado debe concluir por la vía de la negociación política; además, ha presionado los hechos de paz que la sociedad colombiana está esperando: urgente necesidad del desminado y prohibición del reclutamiento forzado de menores por parte de las FARC-EP.

Cuando las víctimas de cualquier bando conforman comunidades emocionales, tejen nuevas relaciones sociales y le dicen a la sociedad que debemos reconocer su universo y que la victimización de los unos no se puede explicar sin la de los otros.

Los testimonios escuchados indican que la verdad de las víctimas necesita de otros pedazos de la historia del país para ser transmitida a las futuras generaciones, por lo cual se necesita una comisión de la verdad.

Quienes asistieron a La Habana nos están diciendo que no hay que esperar los posacuerdos para ser otro país, que pese a todas las terribles noches y días de masacres, muertos en combate, violencias sexuales y reclutamientos forzados de menores, somos un país capaz de cerrar heridas y pasar a otros proyectos de vida y esperanza en un nuevo pacto ético de sociedad y convivencia social.

(Por: Claudia Mosquera Rosero-Labbé,
)
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