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“Sin verdad, no habrá reconciliación ni perdón”

La memoria es la aliada fundamental de la reconciliación. Esta es parte de la gran lección de lo vivido en Alemania después de la Segunda Guerra Mundial y durante el tiempo que perduraron las dos repúblicas. En entrevista con UN Periódico, el embajador de ese país en Colombia, Günter Kniess, habla de la experiencia del posconflicto y de cómo aprovecharla en el proceso que hoy vive Colombia en busca de la paz.

, 08.11.2014

Günter Kniess, embajador de Alemania en Colombia, también lo ha sido en Argentina y en Líbano. - foto: Andrés Felipe Castaño/Unimedios

“Nunca más” fue lo que repitieron las generaciones de alemanes posteriores a los cruentos hechos de la Segunda Guerra Mundial, que dejó alrededor de 50 millones de muertos, de los cuales esta Nación aportó entre cinco y siete millones. Sobre el dramático balance, tuvieron claro que jamás repetirían aquellos actos barbáricos, pero siempre los recordarían para no reincidir.

Eso también lo tuvo claro el embajador alemán en Colombia, Günter Kniess, quien aunque no nació en épocas del Holocausto, forma parte de la generación que interrogó a sus padres, tíos y abuelos por el actuar de su país.

La necesidad de mantener la memoria viva también sirvió para afrontar otro episodio de Alemania: su separación, en el marco de la Guerra Fría.

Desde muy joven, el diplomático representaba a la República Federal en otros lugares del mundo y en ese ir y venir advirtió que una posible reunificación resultaba más factible para otros países que para Alemania.

UN Periódico entrevistó al diplomático, quien no duda en afirmar que a partir de los hechos en su país, la memoria y la verdad son claves para llegar a la reconciliación. Lo dice convencido de que el proceso que vivió Alemania lo puede vivir Colombia, aunque se trate de contextos distintos. 

UN Periódico: ¿cuál fue el camino para llegar a ese “Nunca más”?

Günter Kniess: Fue un camino largo, arduo y tendido. Alemania, en 1945, estaba vencida y con la moral baja. Vinieron los juicios de Núremberg, impuestos y liderados desde el exterior. Luego se dieron a la tarea de olvidar tales actuaciones y enfocarse en reconstruir el país. Fueron muy exitosos, incluso, se habló del milagro económico alemán de 1950 y de la ayuda del Plan Marshall de Estados Unidos para la reconstrucción.

Luego vinieron los juicios de Auschwitz en los sesenta y el conocimiento de más crímenes en los setenta. Un punto catártico fue la producción de Holocausto (1978) en Hollywood; todo el mundo en mi país se conmovió. Eso también ayudó a concientizar a la sociedad para asumir culpas y llegar a un consenso: que de suelo alemán nunca emanaría otra guerra.

¿Cómo era hablar con tíos, padres y abuelos sobre estos temas?

De adolescente adquirí conciencia política y me preguntaba cómo pudieron ocurrir estos crímenes, qué hubiera hecho en el lugar de mis padres y qué habían hecho ellos. En cada familia había muertos, pues muchos salieron a pelear y nunca volvieron. Las generaciones posteriores a la guerra se enfrentaron con ese pasado. Un ejemplo fueron las protestas de rebeldía de 1968, en las que se demostraba que Alemania tenía la connotación clara de enfrentar lo sucedido.

¿Por qué son necesarios estos brotes de memoria para llegar a una reconciliación?

Porque procesos como el “Nunca más” son tareas continuas con miras a las futuras generaciones y, en este sentido, la cultura de la memoria es muy importante. Hay que introducirla en todas las esferas de la sociedad, pero sobre todo en la educación para que se acuerden de esto y jamás caigan en la barbarie. Si entre victimario y víctima no hay diálogo para buscar la verdad, nunca habrá reconciliación ni perdón.

¿De qué forma Alemania mantiene esta garantía de no repetición?

Lo hacemos con la cultura de la memoria existente en diferentes momentos en todo el país. También hay programas de educación local sobre el Holocausto, en los que las clases superiores se dan a la tarea de investigar qué pasó entre 1933 y 1945 en su ciudad, dónde vivieron las familias judías y quién más fue víctima del nazismo: minorías políticas de izquierda, minorías sexuales, gitanos y hasta enfermos mentales.

¿Cuándo comenzaron a darse cuenta de que el cambio estaba cerca?

Hubo hechos trascendentales como la manifestación de 70.000 personas en Leipzig (rda - República Democrática Alemana) en octubre de 1989, donde gritaban: “Nosotros somos el pueblo”, diferenciándose del régimen dictatorial. Aquella manifestación fue impensable porque tenían miedo de la represión de la policía, pero cuando se dio con éxito sentimos que algo se estaba moviendo.

¿Qué motivos se ventilaban fuera de Alemania para asegurar la reunificación?

Un argumento fuerte era que la división de Alemania resultaba anormal, que no concordaba con la historia y que el curso natural de la misma iba a ser la reunificación. Otros decían que, en esta confrontación, el Oeste iba a ser la parte victoriosa y por ende la Unión Soviética iba a perder mucha influencia. Era también algo antinatural que los alemanes siguieran separados, porque es la misma cultura, tenemos el mismo pasado.

¿Qué fue lo más difícil al momento de la reunificación?

Tratar otra vez con la culpa de quienes habían cometido crímenes. En lo jurídico había una serie de juicios, pero condenas y penas de cárcel, pocas. Ante ese resultado, que para muchos es satisfactorio, siempre hay que hacer un balance entre justicia y paz social. Lo que más se juzgaba eran homicidios contra quienes ordenaban disparar sobre los que trataban de huir y cruzar la frontera.

También hubo crímenes financieros. La rda había tenido un sistema muy complejo para conseguir divisas, la moneda del Este era muy débil, había que hacer gestiones bastante complicadas para utilizar dólares y los que se encargaban de eso se quedaban con el dinero.

¿Hay todavía puntos inconclusos luego de la reunificación?

Muchos. En Alemania Oriental todavía quedan recuerdos nostálgicos de su región, porque antes decían tener puestos de trabajo y una calidad de vida estables, pero después se descubrió que la productividad económica en el Este era una tercera parte de la del Oeste y que no era sostenible en el tiempo.

Vivimos la reconstrucción como un proceso duro, porque liquidaron fábricas enteras y la gente no tenía trabajo; además hubo críticas muy fuertes y resentimientos de los dos lados. El Estado estableció un impuesto de solidaridad: un 6 % sobre el gravamen al ingreso, que se paga hasta el año 2019, es decir, casi 30 años. Un valor importante para financiar la reconstrucción de la historia de Alemania.

¿Cómo ven desde Alemania lo que pasa en el proceso de paz de Colombia?

Este proceso es necesario y tendrá sus contratiempos y tropiezos, pero lo vemos como civilizador y necesario. Vemos la llama de la paz encendida, aunque muy frágil. Ya se puede trabajar en ese escenario y hay acuerdos publicados a la fecha en La Habana, como el de desarrollo rural. También se está trabajando en el tema de las víctimas. El conflicto colombiano ha persistido en el tiempo, pero ahora creo que es el momento de terminarlo.

¿Qué formas de preservar la memoria puede ofrecer Colombia?

Está por ejemplo, la Ley de Víctimas y la de Restitución de Tierras, que contempla la construcción de un Museo Nacional de Memoria Histórica. En muchos lados ya brotan pequeños museos, incluso ya hay una Casa de la Memoria en Medellín y con el embajador de Francia fuimos a Tumaco a otorgar el Premio Franco-Alemán de Derechos Humanos a la Diócesis del municipio, iniciadores de un pequeño Museo de la Memoria.

¿A cuántos años hay que proyectarse para llegar al fin del conflicto?

Imaginémonos a 10 años, desde ahora. Ya hay acuerdos firmados en la Mesa de Diálogo en La Habana y hay nuevos congresos que están trabajando en la construcción de la paz. Aunque en una década no habría misión cumplida y es un trabajo de más tiempo, es posible. La firma del acuerdo es un momento histórico importante, pero no es un antes y después y todo cambia.

(Por: David Santiago Gómez Mendoza, Unimedios Bogotá
)
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