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Medio Ambiente

Orinoquía, en la mira de los monocultivos

Por sus altos niveles de humedad, los llanos orientales colombianos son pieza fundamental en el ciclo hidrológico de una extensa región al nororiente de América del Sur. Aún así, los proyectos agroindustriales que impulsa el Gobierno amenazan el equilibrio de esta zona biodiversa.

, 12.10.2013

Guacamayo rojo (Ara chloropterus)

El morichal es uno de los ecosistemas más especiales de la Orinoquia.

Iguana verde (Iguana iguana)

Río Arauca, uno de los principales afluentes del Orinoco.

Martín pescador amazónico (Chloroceryle amazona)

Tortuga morrocoy (Chelonoidis carbonaria)

Mono capuchino (Cebus capucinus)

Arauco (Anhima cornuta)

Fotos: Víctor Manuel Holguín y Andrés Felipe Castaño/Unimedios

Las aguas del río Orinoco, junto a sus numerosos afluentes, dan vida a las extensas llanuras del oriente de Colombia. Esas que, a simple vista, cautivan por el verde que se desvanece en el horizonte y los infinitos tonos naranja de sus atardeceres.


Pero estas imágenes son apenas un atisbo de sus abundantes riquezas naturales. La Orinoquia es un complejo de ecosistemas que, además de tener una alta biodiversidad, revisten una importancia que sobrepasa las fronteras colombianas.

La región es la zona más húmeda de la macro-unidad geográfica que conforma junto a los llanos venezolanos, las áreas abiertas de las Guayanas, parte del cerrado brasilero y los llanos del Beni, en Bolivia.

Allí se pueden encontrar zonas con montos cercanos a los 1.800 milímetros de precipitación anual hasta las que presentan más de 4.000 milímetros.

“Ambos valores son muy grandes en comparación con los 1.500 milímetros del promedio suramericano”, señala Orlando Rangel, del Instituto de Ciencias Naturales (ICN) de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá.

Esto implica que los llanos aportan una cantidad significativa del vapor de agua con el que inicia el ciclo hidrológico de toda la macro-unidad. Es decir, sus particularidades climáticas le dan un papel central en el equilibrio ecológico de todo el nororiente de América del Sur.

Pero la alta disponibilidad de terrenos planos y de fácil mecanización tiene a esta región en la mira de los monocultivos para la producción de biocombustibles. Estos proyectos agroindustriales atraen grandes inversores, pero a la vez efectos devastadores sobre los ecosistemas. 

Potencia en biodiversidad 

La Orinoquia colombiana dista de ser homogénea. En ella se identifican tres paisajes: el piedemonte, que corresponde a las estribaciones de los Andes; la llanura aluvial, sujeta a las crecientes de los ríos, y la altillanura o sabanas no inundables. Ellos son habitados por especies únicas.

El profesor Rangel explica que la humedad de la región permite una mayor expresión de la biodiversidad, que ha sido sistemáticamente estudiada por el ICN en los últimos veinte años.

El inventario de la riqueza vegetal, culminado por el biólogo Vladimir Minorta, registra 4.897 especies de plantas con flores. “El paisaje más variado es el piedemonte con 3.427 especies, seguido por la altillanura con 2.414 y la llanura aluvial con 1.212”, especifica.

En términos generales, el investigador señala que la Orinoquia está dominada por dos formaciones vegetales contrastantes: bosques y, en mayor proporción, sabanas. En ambas se observa gran diversidad.

“Los bosques van desde los siempre verdes, con hojas todo el tiempo, hasta los caducifolios, que en algún momento se quedan sin ellas. Las sabanas van desde las secas hasta las que permanecen inundadas la mayor parte del año”, detalla.

Todo este amplio territorito –correspondiente a los departamentos de Arauca, Casanare, Meta y Vichada– es atravesado por grandes ríos que corren hacia el oriente hasta depositar sus aguas en el gran Orinoco.

José Iván Mojica, profesor del ICN, revela que estos afluentes tienen dos orígenes principalmente. Los que nacen en la Cordillera Oriental y en su trayecto transportan ricos sedimentos andinos, como los ríos  Guaviare, Meta y Arauca, y los que brotan de las zonas bajas y tienen aguas pobres en nutrientes, como los ríos Tuparro, Vichada e Inírida.

Esta variedad de ecosistemas se refleja en la fauna. Los estudios del grupo de investigación en Biodiversidad y Conservación dan cuenta de cerca de 700 especies de peces, 650 de aves, 120 de reptiles, 110 de mamíferos y 45 de anfibios.

Es por todo ello, concluye Rangel, que “la Orinoquia colombiana es, por unidad de área, la parte más rica de toda la macro-unidad“. Más aun si se tiene en cuenta que existen vastos terrenos que todavía no se conocen a profundidad. 

La última frontera agrícola 

Desde los tiempos de la colonia, pero con mayor fuerza a partir de los años cincuenta del siglo XX, los llanos colombianos han sido alterados visiblemente. La tendencia es aumentar el uso de la tierra y explotar los recursos naturales con consecuencias negativas para los ecosistemas y la biodiversidad.

Por ejemplo, la ganadería extensiva y la explotación forestal han sido actividades tradicionales en la región, al punto que prácticamente han desaparecido los bosques nativos del piedemonte y especies foráneas han desplazado los pastizales naturales de las sabanas.

A esas actividades, recientemente se han sumado los cultivos mecanizados como el arroz, la explotación de hidrocarburos, la minería en los límites con la Amazonia y los monocultivos en la altillanura.

“En cincuenta años hemos pasado de una intervención mínima –derribar el bosque con hacha y sembrar pasto para ganadería– a una muy fuerte”, dice el profesor Rangel. El problema de esta última, agrega, es que al ser tan invasiva los procesos de recuperación y restauración son más exigentes y costosos.

La situación de la altillanura es particularmente preocupante. Hasta hace no mucho considerada un territorio baldío, para el Gobierno es “la última frontera agrícola” del país. Su idea es desarrollar grandes proyectos agroindustriales, básicamente monocultivos, en esta planicie de al menos seis millones de hectáreas entre Meta y Vichada.

Estos suelos han sido mejorados con cal para eliminar su acidez y altos niveles de aluminio, y enriquecidos con yeso y roca fosfórica para hacerlos más productivos. Esto, gracias a la inversión de grandes grupos nacionales y multinacionales.

Los resultados ya son visibles. Entre Puerto López y Puerto Gaitán (Meta), por ejemplo, se cuentan abundantes plantaciones de caucho, pinos y eucalipto con fines forestales; maíz, soya, caña de azúcar y palma de aceite.

Pero su implementación está lejos de ser sostenible. Al contrario, originan costos altos y quizás irremediables para el ambiente. “Estamos arrasando algo de lo cual no tenemos ni siquiera idea”, dice el investigador Minorta. 

La amenaza de la palma de aceite 

De todos los monocultivos, Rangel y Minorta coinciden en que el de la palma de aceite es el que tiene los efectos más graves sobre los ecosistemas. No obstante, es uno de los que más crece en el país.

Según cifras del Ministerio de Agricultura, el área cultivada fue de 452.000 hectáreas en el año 2012 y se proyectan unas 600.000 para el año 2014.

Sus efectos ya son palpables, especialmente sobre los bosques nativos. Minorta pone de ejemplo el departamento del Cesar, que “perdió su cobertura vegetal básicamente por la explotación del carbón y la implementación de cultivos de palma de aceite”.

En la Orinoquia, además de arrasar los bosques, preocupa el avance de esta especie de palma originaria de África en detrimento de los morichales. Estos palmares nativos toman el agua, utilizan una parte para sus procesos fisiológicos y devuelven la otra porción a la atmósfera. Así se renueva la cantidad de vapor de agua y continúa el ciclo hidrológico.

Por ello, advierte Rangel, “la desaparición de los morichales tendría un impacto muy fuerte sobre el clima de toda la macro-unidad geográfica”.

La disponibilidad del agua y el equilibrio de los ecosistemas acuáticos también se ven afectados. Así lo evidencian las investigaciones de Carmenza Castiblanco, del Instituto de Estudios Ambientales (IDEA) de la UN.

“El efecto más directo y visible está relacionado con la agricultura de riego”, señala. El uso de sus aguas en los cultivos reduce los caudales de ríos, lagos, lagunas y ciénagas, al punto de causar su desaparición en la temporada seca.

Asimismo, las desviaciones de cauces y la construcción de infraestructuras destinadas a retirar agua para fines agrícolas causan alteraciones graves a la estructura hidrológica y a los ciclos reproductivos y migratorios de especies.

El profesor Mojica advierte sobre los efectos que tienen los fertilizantes y plaguicidas utilizados en la agroindustria. Se sabe que grandes cantidades terminan en los ecosistemas por acción de drenaje, con consecuencias sobre la salud de los seres vivos.

Todas estas transformaciones finalmente se traducen en pérdida de la biodiversidad, la mayor de las riquezas de la región. La Orinoquia está en la mira de los monocultivos y su consecuente devastación.

(Por: Alberto Fernández R., Unimedios
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