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Política & Sociedad

Después del Muro, Alemania sigue buscando su identidad

Momentos claves del histórico episodio que culminó la noche del 9 de noviembre de 1989, con la apertura de la puerta al norte de Berlín, por presión de la población alemana oriental. A 25 años de la caída del Muro, el interrogante sobre la identidad alemana y el rol internacional de la Alemania unificada se mantiene.

, 08.11.2014 Centro de Investigaciones y Proyectos Especiales (CIPE) - Universidad Externado de Colombia

La caída del Muro de Berlín es uno de los momentos históricos más importantes del siglo XX. - foto: Raphael Thiémard, vía flickr

La caída del Muro de Berlín puso al orden del día la reunificación de facto de las dos alemanias y de Europa. El momento tomó por sorpresa al mundo entero y aunque se había hablado desde siempre de esta posibilidad, nadie pensó que la República Democrática Alemana (RDA) se vendría abajo en tan pocos meses.

El proceso, iniciado con el éxodo masivo de la población en la primavera de 1989, se acentuó con la dimisión, el 18 de octubre de ese año, de Erich Honecker, Günter Mittag y Joachim Hermann, los tres hombres más importantes del Sozialistische Einheitspartei Deutschlands (SED - Partido Socialista Unificado de Alemania) y culminó la noche del 9 de noviembre, con la apertura de la puerta en el punto de paso Bornholmer Strasse, al norte de Berlín, por presión de la población alemana oriental. Esa noche el Muro se derrumbó y con este el orden de la posguerra. No hubo marcha atrás.

A partir de ese momento se empezó a escuchar en las calles, ya no la consigna “nosotros somos el pueblo”, que cuestionaba la legitimidad de los representantes del partido único del SED y que se agitó durante los meses anteriores a la caída del Muro, sino “nosotros somos un pueblo”, poniendo de presente la unidad alemana.

Pero exceptuando a población de la RDA en las calles, nadie quería la reunificación. Para la burocracia del SED, apoyarla significaba el suicidio político. La socialdemocracia alemana occidental hablaba desde el realismo económico de los costos inmensos que eso supondría. A pesar de las palabras pronunciadas por Willy Brandt, un día después de la caída del Muro: “Ahora empieza a crecer unido lo que es inseparable”, la socialdemocracia no abrió una alternativa clara a la población oriental que pedía la unificación.

La mayoría del partido de los verdes, la izquierda en la República Federal Alemana (RFA) y la oposición en la RDA también se atemorizaron ante tal escenario, argumentando que, por una parte, la reunificación abría la posibilidad de un nacionalismo del mismo talante que el de la década de los 30 y, por otra, significaría que el capitalismo devoraría en su dinámica destructora a la RDA.

A pesar de una posición proclive a la unidad, el liberalismo igualmente dudaba. Con respecto a la población alemana occidental, aunque vio con buenos ojos la cohesión entre familias, ciudades, pueblos y vidas, no salió en ningún momento a apoyar activamente la unidad.

El único que habló de una reunificación fue el entonces canciller democristiano, Helmut Kohl, en los diez puntos que dio a conocer a finales de noviembre y que, analizados de cerca, eran el programa para una confederación lenta a cinco años, una respuesta temerosa y lejana a los deseos de la población que pedía en la calle una salida inmediata a sus problemas.

Hacia afuera quedó claro que los aliados vencedores de la Segunda Guerra Mundial tampoco la querían. Exceptuando a Estados Unidos -que no era reacio a la unificación, en tanto se hiciera según sus determinaciones-, las otras tres potencias estaban totalmente en contra de la unidad alemana. Margareth Thatcher invocaba en sus declaraciones el peligro de una fuerte Alemania unificada y llamaba la atención sobre el factor desestabilizante que había sido este país para el continente desde su unificación bajo Bismarck.

A su vez Francois Miterrand visitaba el 20 de diciembre la rda de manera oficial, legitimando la existencia de los dos estados alemanes y advirtiendo sobre el peligro de cambiar las fronteras en Europa. Por su parte, Gorbachov respondía con un no rotundo, comprendiendo que esta reunificación cuestionaba radicalmente el orden de posguerra y debilitaba ad absurdum su posición. 

Vacío de poder 

Todo esto cambió rápidamente entre diciembre de 1989 y comienzos de febrero de 1990. Durante esos meses, la oposición oriental se maniobró en la insignificancia política al sentarse a gobernar en una mesa redonda con el Partido del Socialismo Democrático (PDS), el mismo SED que a comienzos de diciembre había asumido otro nombre en un intento de reencaucharse políticamente.

El éxodo continuado de la población y las noticias de la situación económica, ecológica e industrial en que se encontraba el país, aunados a la incapacidad del nuevo gobierno de cerrar el vacío de poder tras la caída del Muro, llevaron a que, a mediados de enero, la población desesperada y enojada ocupara el edificio central del Servicio Secreto del Ministerio de Seguridad (STASI), lo que algunos historiadores en Alemania llamaron “la toma de la Bastilla”.

En ese momento la consigna de la reunificación rápida adquirió pleno significado y el canciller Kohl entendió políticamente la urgencia de responder no con una confederación a largo plazo, sino con una propuesta clara de reunificación inmediata para darle una salida política a un proceso que se agudizaba y que no tenía manera de ser controlado por las fuerzas políticas que participaban en el gobierno en la RDA.

Las potencias extranjeras, con EE. UU. a la cabeza, reconocieron la urgencia de apoyar al canciller alemán, quien se dio a la tarea de fortalecer el partido de la democracia cristiana oriental, que con el apoyo activo de Kohl y la promesa concreta de una unidad rápida, ganó las elecciones el 18 de marzo de 1990.

A partir de este día se aceleraron las negociaciones entre Alemania y las potencias extranjeras. En síntesis, Francia y el Reino Unido se plegaron a las negociaciones entre EE. UU. y la RFA con la Unión Soviética, acuerdos que le darían las pinceladas finales a la reunificación de los dos estados alemanes, el 3 de octubre de 1990.

Pero la caída del Muro reabrió un debate que parecía ya solucionado hacia finales de 1988 y que sigue siendo muy controvertido: ¿qué elementos de la historia componen la identidad alemana? ¿De qué Alemania hablamos?

Bastante ilustrativa es la frase del autor alemán M. Götermarker, sobre el debate dado en el parlamento alemán en 1991, en torno a cuál debería ser la capital de Alemania y que sintetiza la esencia de los temores y del problema central de estas preguntas: “Los lugares aparecían asociados a contenidos: Bonn, para discreción y fiabilidad; Berlín, para delirio de grandeza y una concepción de estado autoritaria”.

Las discusiones alrededor de la culpa en las guerras mundiales, del militarismo y del autoritarismo no son nuevas ni se dieron solo a partir de la caída del Muro. Han pasado por diferentes momentos, comenzando con la cuestión de la culpa de la Primera Guerra Mundial y el Tratado de Versalles en los inicios de la República de Weimar, pasando por todo el debate posterior al nacionalsocialismo y llegando a la década de los 60, con el libro de Fritz Fischer que abre una primera controversia fuerte dentro de la historiografía predominante en Alemania.

Dichos debates volvieron a ponerse a la orden del día en la “disputa historiográfica” de la década de los 80, vinculada a la singularidad del Holocausto, en la que jugaron un papel importante Jürgen Habermas y Ernst Nolte.

Ahora, a 25 años de la caída del Muro y a cien años de la Primera Guerra Mundial aparecen en un nuevo contexto. Las preguntas sobre cuál debe ser el papel de la RFA en la política internacional, su participación militar en los conflictos internacionales, su papel en la Unión Europea o su posición ante Israel, Ucrania o Rusia son problemas que tocan esos puntos sensibles: ¿de qué Alemania hablamos y ante cuál estamos hoy, a comienzos del siglo XXI?

(Por: Martha Lucía Quiroga Riviere,
)
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