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Política & Sociedad

Cartografía de las violencias en la globalización

La coexistencia de una violencia variopinta en Colombia con una carta política que pretende garantizar la mayor parte de derechos fundamentales es el punto de partida de la reflexión global que hacen los editores del libro La vulnerabilidad del mundo. La obra propone una definición de la violencia como proceso de desestructuración de los lazos sociales que afectan la vida y la integridad de las personas en nuestro país y en otras latitudes.

, 07.03.2015Grupo de Investigación en Teoría Política Contemporánea (*) - Universidad Nacional de Colombia

Detrás de su diversidad interna (en términos de grupos étnicos, historias regionales, ecosistemas o estructuras socioeconómicas), Colombia es un país profundamente dividido. En el corazón de lo que, a primera vista, parece una violencia inevitable —para no decir natural—, se ubica un proceso de fragmentación que tiene larga historia y atraviesa la sociedad bajo múltiples formas: clases sociales, partidos políticos, ciudades y campos, actividades públicas y privadas, entre otras. Este proceso ha sido prolongado por marcos imaginarios que contribuyeron a polarizar la sociedad, según un eje amigo-enemigo. Con tal dinámica, profundamente activa en la organización práctica y simbólica de la sociedad, la violencia se volvió posible, porque con ella el victimario pretendía eliminar a las personas que, desde su perspectiva, estaban por fuera del sentido común compartido por los miembros de la sociedad.

Al mismo tiempo, la violencia ha actuado como un mecanismo que le ha permitido a un grupo de interés afirmarse frente al otro y considerar que los medios utilizados para tal definición no tienen que justificarse ante un mundo común, ante la sociedad en su conjunto.

Paralelamente, el país experimentó la formación de un sistema político y económico autorreferencial, dentro del cual se produjeron sus reglas de funcionamiento y se reprodujeron y recrearon los contextos para la acción, sin importar el precio pagado por la sociedad, especialmente en términos de la vida y la dignidad humanas. Dicho sistema ha ordenado durante mucho tiempo a la sociedad sin superar el proceso de fragmentación que la organiza y la expone a violencias masivas, muy a menudo jugando un papel directo en la escisión del país. Ordenar la sociedad desde arriba, mientras esta se confronta a sí misma y se autodestruye parcialmente, ha sido una de las características fundamentales de la vida sistémica colombiana. No debemos olvidar que la gran mayoría de las víctimas del conflicto armado son civiles, no actores armados. 

Desafíos del conflicto 

Este tipo de observaciones sobre una sociedad fragmentada, ordenada por un sistema político y económico autorreferencial, también han sido realizadas por pensadores críticos de la modernidad liberal en Europa: el francés Emile Durkheim, en el siglo XIX; el húngaro Karl Polanyi, en el siglo XX; el polonés-inglés Zygmunt Bauman, contemporáneamente.

Durkheim subrayó la necesidad de instituir la solidaridad frente al proceso de valoración del individuo egoísta en virtud del mercado generalizado. Según él, la división del trabajo modifica radicalmente las formas de solidaridad y amenaza el cuerpo social, si no está complementada por la posibilidad de reforzar la solidaridad orgánica de los tejidos sociales

Polanyi, por su lado, analizó la violencia generada por la utopía del mercado autorregulador, especialmente en los años treinta en Europa. Este último se escapa totalmente del control democrático y pierde sentido para las poblaciones cuando da nacimiento a un capitalismo fundado sobre la mercantilización de la tierra y el trabajo, sin los mecanismos de reajuste propios del derecho y la negociación colectiva. Tal dinámica puede ser tan fuerte, según Polanyi, que genera una demanda para una reincorporación de la economía en lo político, bajo la forma violenta del autoritarismo o del totalitarismo. Bauman muestra cómo la administración de la población por la burocracia estatal a partir de un modelo costo-beneficio, que también funciona en el mercado, impide la construcción de una ética práctica, una ética de los lazos sociales.

Se puede decir que estos autores ofrecen marcos de pensamiento que, junto con los análisis de los intelectuales colombianos, especialmente del sociólogo colombiano Orlando Fals Borda, presentado por Leopoldo Múnera en su texto, permiten describir lo que pasa en Colombia: la guerra concreta la ausencia de una ética en el tejido social. Funciona no solamente como un proceso de liberación de la economía de mercado, sino de regulación-incorporación de esta en un modelo político autoritario. Asimismo, deja la división del trabajo sin una solidaridad institucionalizada.

¿Pero tales marcos interpretativos solo servirían para comprender a Colombia? ¿No se puede considerar que la falta de ética social caracteriza a las sociedades occidentales, en general, y a las europeas en particular? ¿Acaso no vivimos una nueva etapa en la división del trabajo, frente a la cual las posibilidades de instituir formas de solidaridad parecen muy frágiles? ¿No se ha impuesto en los últimos años la utopía del mercado autorregulador, especialmente en Europa, mediante una burocracia que despoja de sentido a la vida social? En otros términos, ¿los desafíos que devela el conflicto armado colombiano no evidencian también fracturas de sociedades que han olvidado reflexionar sobre las bases sustanciales de su convivencia? 

Europa, fragmentada 

La historia de Europa no es la de Colombia. Después de dos guerras totales, con millones de víctimas, el nacimiento del Estado social —articulado a un movimiento obrero y una clase media que construyeron mecanismos de justicia civil, social o simbólica— favoreció la construcción de una institución de lo común, que enfrenta hoy una crisis profunda.

Europa empieza a ser fragmentada de nuevo por nacionalismos en competencia, al tiempo que la administración supranacional no suscita el reconocimiento generalizado de la mayoría de la población. La ausencia de solidaridad se extiende por el continente y la exclusión de los extranjeros, de los otros que vienen de afuera (los migrantes ilegales o a veces legales), o de adentro (los roms, pero también las masas de jóvenes sin futuro), eleva los niveles de brutalidad, en los términos utilizados por Étienne Balibar en su artículo incluido en el libro. Si Europa “hizo la paz entre los enemigos de ayer”, como se dice en la prensa, en su seno emergen nuevas formas de violencia y nuevas lógicas bélicas que amenazan su identidad política.

Ese es el “espíritu” de este libro. Propone una definición de la violencia como proceso de desestructuración de los lazos sociales que afectan la vida y la integridad de las personas o los principios que le sirven de fundamento. A la vez, sus autores conocen los límites de tal definición: la violencia no solo desestructura, sino que reestructura a las sociedades, a los sujetos y a las formas de gobierno en función de los intereses de quienes la ejercen. Por eso, preferimos seguir los nexos entre democracias y violencias en el mundo, dibujar la cartografía menos conocida de la globalización contemporánea, insistiendo sobre violencias propias, locales y particulares, lo cual no significa que no haya otros factores comunes entre las distintas regiones del mundo.

En una entrevista reciente del diario Le Monde, el filósofo francés Regis Debray afirmaba: “Seguir el trabajo de la Ilustración, […] en eso consiste entender la razón de lo que parece irracional, no en esconderla bajo el tapete como una cosa impensable”. Hay que analizar las razones de la vulnerabilidad de nuestro mundo global para favorecer la emergencia de una vida no solo más justa, sino menos violenta. Quizás eso es lo que Colombia, en su particularidad, permite repensar hoy.

Estos son algunos de los ejes que guiaron el análisis contenido en este trabajo colectivo, escrito por diversos autores de diferentes procedencias geográficas. 

(*) Profesor de la Universidad Católica de Lovaina y director del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias: Democracia, Instituciones, Subjetividad (Cridis) de la misma institución. 

(Por: Matthieu de Nanteuil,
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