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¡Ay negro!

Con historias de vida de 26 nanas del Pacífico, Amalia Lú Posso, escritora y psicóloga de la UN, representa la cultura alegre y movida del Chocó. A través de sus cuentos escritos y dramatizados transmite, en Colombia y en otros países, las vivencias de su tierra.

, 11.10.2014

El Chocó que vivió la autora en su infancia y preadolescencia, así como la personalidad de la mujer chocoana fueron la base para su libro y su obra escénica. FOTO: Elvert Barnes, vía flickr

Las historias de ficción hechas por Amalia Lú Posso también se encuentran presentes en piezas literarias.

A partir de esta publicación,

El negro José María va caminando tempranitico por la mañana, por las calles allá en Quibdó, y ve venir en la lontananza a la negra María José… Aproxímase, mírala y dícele: -ay negra como estás de bonita, bañadita, talqueadita, célebre... ¡Ay negra! vámonos a pichar. La negra míralo y dícele: -¡ay negro! con esa palabrería tan larga, tan convincente y aleccionadora, vamos pues.

Vestida de traje largo, con un colorido turbante, la maestra Amalia Lú Posso Figueroa irrumpe en el escenario con relatos como este. En un acento muy chocoano y con la mano en la cadera mientras se bambolea, sumerge a su auditorio en la tierra del Pacífico, donde ella vivió su infancia. Lo hace a ritmo de “glosa paseada”, un movimiento eróticamente natural y armonioso, en el que combina la gestualidad y la gracia.

En su libro Vean ve, mis nanas negras, refleja aquella región en la que vivió los primeros 13 años de su vida y que posteriormente convirtió en un espectáculo denominado Cuentos eróticos del Pacífico, el cual presentó en tres versiones del Festival Iberoamericano de Teatro.

Este año, fue la invitada especial para el acto de apertura de la “Cátedra Manuel Ancízar: pasado, presente y futuro del pacífico colombiano”,  donde se robó la atención de los asistentes.

La historia de María José y José María fue relatada por la profesora Amalia Lú cuando viajó a la Universidad Cornell en Ithaca (Estados Unidos), a dictar una charla a estudiantes de Literatura en Español Avanzado. Ella notó lo sorprendidos que estaban los educandos con la presencia de la extraña escritora, sin ordenador portátil, con una forma de vestir muy colorida y con la idea de presentarles una tierra desconocida para ellos: el Chocó.

De la misma forma se ha comportado esta psicóloga en todos los lugares a donde va, incluso en su casa, donde familiares, amigos y hasta periodistas la escuchan y la ven parándose de su silla para recorrer la sala y dramatizar sus historias.

Una chocoana más

El Chocó que ella recuenta y comparte no lo explica un etnógrafo ni un antropólogo. Esa tierra de la que escucharon los universitarios la lee en sus cuentos y la dramatiza en tarima; es contada por alguien que la vivió como una chocoana más, a partir de un cúmulo de experiencias en Quibdó, lugar donde nació y permaneció 13 años antes de terminar radicada en Bogotá.

Esa es la visión de un Chocó que vive alegre, a pesar de las adversidades que ha padecido a lo largo de la historia; una región que se refleja también en el erotismo de las mujeres y hombres que la artista presenta en su obra Vean ve, mis nanas negras, en la que retrata a 26 nanas con su cadencia y bamboleo. Pero no solo de la pluma se recrean estos personajes, sino también de las representaciones que la artista ha hecho de sus cuentos.

La escritora nara que, en su encuentro en la universidad norteamericana, los estudiantes se aproximaron a aquel lugar que goza de dos mares y selva, en el que hay 24 formas de llamar al órgano sexual femenino. Esto lo lograron a través de la narración oral de Amalia y de mapas de papel colgados en las paredes.

“Esta es una cultura que se conoce poco en el país, pero hablo de estas mujeres con un erotismo más natural, totalmente alejado del que muestran las revistas y cuestionarios”, señala la autora de esta obra hecha escrito y performance, quien también ha dictado clases sobre el tema en universidades como la de los Andes.

Fidelia Córdoba, una mujer que, según el relato de Amalia Lú, “tenía ritmo en las tetas y cuyos pezones eran como brújulas”, fue la protagonista del primer cuento, con el que la autora se planteó la posibilidad de dotar de ritmo a otras negras en diferentes partes del cuerpo, dando origen a las protagonistas de su libro.

Aquella infancia

“Mis amores, ¿cómo me quedaron las cejas?”, esa era la pregunta que la tía Rosalía Figueroa le hacía a sus sobrinos, mientras se pintaba con un lápiz frente a un espejo de manguito, en medio de la tarea de batir las claras de huevo para hornear pan y bizcochuelos, junto con la tía Mercedes Figueroa, en aquel Quibdó de la infancia de Amalia Lú.

“Lindas, tía Rosalía; preciosas, tía Rosalía; las cejas más bellas del mundo, tía Rosalía…” Esas tenían que ser las respuestas de los infantes si no querían ganarse un castigo, como no salir a nadar en el río Atrato o no comer pan ni bizcochuelo. El recuerdo lo narró la escritora mientras se pintaba las cejas con un lápiz que le regaló la esposa de un conductor de tractomulas.

Luego de ese flashback, decidió ponerse a escribir sobre lo que percibió en sus primeros 13 años de vida, en los que, sin querer, salió el cuento de Fidelia. Después llegaron las nanas de su libro, 26 en total, aunque la mayoría son de su invención, salvo aquellas que cuidaron de ella y de su hermana.

La autora se refiere a Delfa García y Jesusita Blandón. La primera tenía la voz ‘contada’, pues le relataba historias cuando niña, mientras su madre salía a trabajar. Por su parte, Jesusita tenía el ritmo de la voz cantada, porque eso era lo que hacía mientras cocinaba. Las demás nanas tenían su ritmo en las nalgas, nariz, boca, corazón, axilas y también en el susuné (otra forma de llamar a la vagina), como cuenta el escritor español Ignacio Sanz en una reseña publicada en el blog “La tormenta en un vaso”.

En esta última parte del cuerpo, la nana era Limbania Pretel, quien relacionaba todo lo que hacía con su órgano sexual. Vivía para hacer feliz al susuné e incluso -aparece en el relato- le gustaba montar en bicicleta sin calzones para sentirlo en libertad.

De igual forma se puede hablar de Secundina Caldón, la que tiene ritmo en el sembrar o tenía “buena mano”, como decía la gente. Según el texto, “todo lo que tocaba esta mujer embarnecía, florecía y engrosaba”. En el cuento, también publicado en la revista de poesía mexicana La Otra, se lee que Secundina, a través del botánico Floremiro Agualimpia, aprendió que “la calentura, el amor y la arrechera, tienen el mismo ritmo en los hombres, en las mujeres, en los árboles, en las flores”.

Las nanas de Amalia Lú le valieron a la autora aparecer en otros libros. Por ejemplo, la historia de Honoria Lozano, la del ritmo en el sentar, se encuentra en la Antología de la Literatura Colombiana, hecha por el Fondo de Cultura Económica.

Espectáculo festivo

Los relatos de esta escritora chocoana pasaron de las reuniones de sus amigas a la impresión y al escenario, con su espectáculo Cuentos Eróticos del Pacífico, con el que estrenó Carpa Cabaret el VIII Festival Iberoamericano de Teatro, hace 12 años, actuación que repitió en las ediciones de 2004 y 2006, y en la que aparecen parte de los personajes de su libro.

“A la gente le despierta mucho el querer saber y el querer ser de cosas relacionadas con el erotismo, algo inherente al ser humano”, asegura Amalia Lú, quien añade que por esta razón la cultura chocoana juega un papel fundamental en su obra.

De su voz y de su expresión corporal se compone este espectáculo que genera festividad, gracias a la alegría de sus nanas, con sus respectivos ritmos en diversas partes del cuerpo. A través de esa tradición negra, la artista cuenta historias que combinan la sensualidad natural con la libertad de aquellas mujeres.

(Por: David Santiago Gómez Mendoza, Unimedios Bogotá
)
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