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A la izquierda de un mundo por cambiar

La muerte de Günter Grass y Eduardo Galeano, el mismo día, junta la historia de dos escritores que le dieron voz a los excluidos y tejieron puentes entre el norte y el sur a través de su narrativa. El primero pasó sus últimos años recluido en su casa, mientras el segundo seguía siendo un hombre público.

, 09.05.2015 profesor asociado Facultad de Derecho y Ciencia Política - Universidad Nacional de Colombia

El mismo día, un 13 de abril, como imitando un cuento de literatura fantástica, al modo de Jorge Luis Borges, terminaron sus vidas dos artistas dedicados al culto de sus lenguas maternas, para descubrir en sus obras en prosa y verso los secretos y contradicciones de sus sociedades.

Günter Grass nació en 1927 y pronto quedó envuelto en los entusiasmos engañosos del nacionalsocialismo, como terminó reconociéndolo en su biografía Pelando la cebolla (2006).

Él, al igual que Galeano, fue hospitalizado y su deceso ocurrió en pocas semanas. Tres años atrás, Günter sacudió la telaraña de los medios con el poema político “Lo que debe ser dicho”. En este, recuperaba en verso las técnicas de la pedagogía de izquierda que comienza con Erwin Piscator y continúa con el maestro de la poesía cotidiana Bertolt Brecht.

El corazón de este poema de despedida metió el dedo en la llaga de la ignominia presente: los desafueros del Gobierno de Israel, que se dedica a hacerle la guerra al más débil de sus vecinos —Palestina— en total impunidad. 

Entre la paz y la guerra 

El Estado de Israel se dedica al armamentismo, una de sus mayores entradas, y a combatir a Palestina, para lo cual recurre a Alemania, con el fin de adquirir submarinos de guerra bajo el pretexto de sorprender a Irán.

Así lo denunció el célebre poema de Grass publicado el 4 de abril, razón por la cual el establecimiento israelí lo declaró personae non grata, mientras que Angela Merkel y su socio político callaron. La socialdemocracia parecía afectada por la revelación del pasado nazi de su escritor y consejero, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1999.

En su casa en Lübeck, recibió la última visita del partido socialdemócrata (SPD), que buscaba consejo en la encrucijada de la Unión Europea. Su secretaria confirmó que él conversó con los emisarios sobre la cumbre de ministros del G7.

Ahora, cuando las rebeldías estallan en Europa, una triunfante en las urnas —la de Grecia— y otra a punto de serlo en España —con Pablo Iglesias y el movimiento Podemos—, las advertencias de los últimos años de algo servirán a los alemanes y a los socialistas que cogobiernan. 

De caricaturista a cronista 

El otro ilustre fallecido, Eduardo Galeano, creció en la banda oriental de Uruguay y murió a los 74 años. Le tocó vivir la época en la que la Suiza de Latinoamérica se hundía, y la dictadura militar y la resistencia armada mostraban la fragilidad de su reputada democracia.

Apenas volantón, lo arrullaron las frases altisonantes del presidente Luis Battle, cuyo descendiente perdió las elecciones enfrentando a la dupla de Tabaré Vásquez y Raúl Sendic, hijo del torturado líder de los Tupamaros, quien pagó cárcel por muchos años.

Con el seudónimo de ‘Gius’, Eduardo, asiduo del Café Brasilero en Montevideo, cosechó prestigio haciendo caricaturas para Marcha, donde escribieron destacados intelectuales en las letras y la política uruguaya y latinoamericana.

En junio de 1973, cuando Juan María Bordaberry se convirtió en dictador, Galeano no tuvo más remedio que huir “de sus pagos”. Pernoctó al otro lado del Río de La Plata por tres años, donde animó la revista de izquierda Crisis y preparó los borradores de su libro Las venas abiertas de América Latina, con el que ganó el premio Casa de las Américas.

De Buenos Aires, salió “pitado” en 1976 hacia Barcelona, refugio de letrados. Con su esposa, Helena Villagra, huía de otra dictadura. En España, estaba su paisano Juan Carlos Onetti, colaborador de Marcha y autor de El Astillero, parte del cuarteto cuyos relatos caminan por las reconditeces y oscuridades de la vida moderna. 

Una visita a New York 

Conocí a Eduardo Galeano en New York, cuando realizó una conferencia sobre su último trabajo literario en el teatro del Repertorio Español, una sala muy frecuentada por la comunidad latina e hispana. Venía precedido por la fama de su largo ensayo de denuncia antimperialista y contra las burguesías y oligarquías latinoamericanas: Las venas abiertas de América Latina (1979).

Ya era el escritor de una literatura más robusta, donde el lirismo, la ternura y el conocimiento de los de abajo y de la clase media rioplatense hacían fila en una trilogía memorable: Memorias del fuego, constituida por Los nacimientos (1982), Las caras y las máscaras (1984) y El siglo del viento (1986).

Cubrí el evento para las páginas del semanario Noticias del mundo, del cual era un “todero”. Allí Galeano presentaba su última novela El libro de los abrazos (1989), ilustrada por el brasileño José Francisco Borges. Al final, crucé unas palabras con él y le hice unas fotos. Sorprendía su sencillez, sus ojos azules, su tono coloquial, pausado, y su vocación de fumador empedernido.

En la prosa de Galeano, primero vino El fútbol a sol y sombra (1995) y después Bocas del tiempo (2004), obras acabadas, pero hechas con destrezas narrativas anteriores. Las dos son testimonio de una pasión por un deporte que hoy está sitiado por la lógica del dinero, pero a la que los deportistas se resisten, según Galeano, porque los grandes lo siguen haciendo por el placer de jugar, sin más. 

Dos historias singulares

He juntado dos obras y dos vidas con pasiones diferentes, pero vocaciones coincidentes en la fascinación por la existencia de los de abajo.

A partir de su vivencia en Danzig, una ciudad de frontera martirizada con la invasión y ocupación alemana de 1939, Grass, entre juventud y madurez, creó El tambor de hojalata. Hoy, el escritor de la Trilogía de Danzig compite a miles de kilómetros con Las memorias del fuego, de Eduardo Galeano, su inesperado compañero de viaje.

La otra izquierda, la latinoamericana, desde los años 90, ha accedido al poder político en varios países. Uno de ellos es el Uruguay de Galeano, del cual partió desde los 70 hasta regresar a sus pagos, para sufrir un cáncer terminal.

Su país, como fruto de una gran coalición —el Frente Amplio— eligió presidente a un exlíder tupamaro y vicepresidente al hijo de otro, Raúl Sendic, “podrido” en una cárcel. Es la ideología compartida por Galeano, quien además dejó huellas de los aborígenes americanos en páginas celebradas y recordadas en diferentes lenguas.

Mientras Grass vivía en las vecindades de un puerto célebre de la liga hanseática (Lübeck) Galeano hizo lo propio, viviendo entre Montevideo y Buenos Aires.

Günter pasó sus últimos años recluido en su casa, rumiando victorias y derrotas. Galeano seguía siendo un hombre público. Gozó suficiente vino, café y padeció el humo de cigarrillos y pipas en los cafés de su Montevideo, mientras abrevaba las historias que le dieron fama.

En medio del azar de la muerte, volvieron a juntarse dos historias singulares, dos extraordinarios escritores que le dieron voz a los excluidos, que no pudieron celebrar el triunfo contra el orden capitalista ni coronar el periplo de la izquierda mundial. Pero sí resistir y orientar a través de sus creaciones, generosas en imaginación, sentido y vena crítica, para tejer puentes entre el norte y el sur globales, de manera que preparen la victoria definitiva.

(Por: Miguel Ángel Herrera Zgaib,
)
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